martes, 17 de diciembre de 2019

LA TEORÍA DEL CONOCIMIENTO EN KANT María Luján Ferrari y Silvia Solas

 LA TEORÍA DEL CONOCIMIENTO EN KANT María Luján Ferrari y Silvia Solas

Consideraciones generales

El pensamiento de Inmanuel Kant, filósofo prusiano, que vivió entre abril de 1724 y febrero de 1804 en la ciudad de Königsberg, constituye una posición que ha sido conocida como “Idealismo Trascendental”. El origen de su propuesta puede situarse en su afán de dar solución a los problemas irresueltos de las dos corrientes filosóficas dominantes en la época: el racionalismo y el empirismo.  Su formación filosófica, y por tanto, la dirección de su pensamiento en sus primeros estudios, se dan en el marco de la posición racionalista. Sin embargo, las lecturas de los textos de Hume, como él mismo reconocerá, lo ponen frente a un dilema que lo llevará, finalmente, a dar el “giro copernicano” que inaugura la línea criticista, un hito en la historia de la filosofía ya que marcará de manera irreversible todo el desarrollo de la filosofía posterior. El entorno del pensamiento kantiano es la Ilustración, movimiento intelectual y cultural que se extiende a lo largo de todo el siglo XVIII, especialmente en Inglaterra y Francia, y cuyo principal objetivo es acabar con las “oscuridades” irracionales (que los ilustrados refirieron fundamentalmente al período medieval) a través de las “luces” de la razón. Kant mismo lo define del siguiente modo en su texto Respuesta a la pregunta ¿qué es la Ilustración?, de 1784:

La Ilustración significa el movimiento del hombre al salir de una puerilidad mental de la que él mismo es culpable. Puerilidad es la incapacidad de usar la propia razón sin la guía de otra persona. Esta puerilidad es culpable cuando su causa no es la falta de inteligencia, sino la falta de decisión o de valor para pensar sin ayuda ajena. Sapere aude es, por consiguiente, el lema de la Ilustración. (Kant, 2010)  
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En ese contexto, al que se suma la consolidación científica con el sistema físico matemático sustentado por Newton, lo que pone de manifiesto como un hecho irrefutable las posibilidades de la ciencia, Kant se pregunta por las posibilidades de la Metafísica: 

Mi intención es convencer a todos los que encuentran de algún valor ocuparse en el estudio de la Metafísica, de que es absolutamente necesario, antes de emprender su trabajo, que consideren como no sucedido todo lo que ha pasado hasta aquí, y, ante todo, se formulen esta pregunta: ¿es posible algo semejante a la Metafísica? Si es una ciencia, ¿por qué no puede ser objeto, como las otras ciencias, de una aprobación permanente? Si no es ciencia, ¿por qué hace incesantes alardes de tal y detiene al entendimiento humano con esperanzas, si nunca extintas, jamás satisfechas? (…). Parece casi digno de risa que, mientras todas las ciencias progresan incesantemente, la que se tiene por la sabiduría misma, cuyo oráculo todos los hombres consultan, dé vueltas siempre en la misma dirección, sin poder avanzar un paso. (…) [Prolegómenos…, 1999: 21]
Y, en tanto Hume desde su posición empirista había puesto en duda los fundamentos de las categorías metafísicas sostenidas por el racionalismo, Kant le reconoce el haber contribuido a preguntarse por los fundamentos de una disciplina que se tenía por indiscutible, pero que no lograba a lo largo de su historia consolidarse a la manera de las ciencias física y matemática: 

(…) desde el nacimiento de la Metafísica, hasta donde llega su historia, no ha sucedido ningún acontecimiento que, en relación a la suerte de esta ciencia, haya podido ser más decisivo que el ataque que le dirigió David Hume. (…) Confieso con franqueza que, la indicación de David Hume, fue sencillamente la que, muchos años antes, interrumpió mi adormecimiento dogmático y dio a mis investigaciones en el campo de l a filosofía especulativa una dirección completamente distinta. (…) Yo inquirí, pues, primeramente, si la objeción de Hume no puede presentarse en general, y pronto encontré: que la noción del enlace de causa y efecto, no es, ni con mucho, la única por medio de la cual el entendimiento concibe a priori los enlaces de las cosas, sino que la Metafísica toda consiste en eso. (…) llegué a la deducción de que, estas nociones, de las cuales estaba yo ahora seguro, no se derivaban de la experiencia, como Hume había recelado, sino que brotan de la razón pura. (Kant, 1999: 22-24)

El “giro copernicano” producido por Kant consiste, como su mismo autor lo relata, en el cambio de los supuestos sobre los que tanto el racionalismo como el empirismo, pese a sus diferencias, fundamentaban la posibilidad del conocimiento; con ello intentaría superar las desviaciones en las que los mismos habían desembocado: el dogmatismo y el escepticismo respectivamente.  Efectivamente, piensa Kant, así como Copérnico sólo pudo dar solución a los problemas insolubles que presentaban las cuestiones astronómicas cuando hubo invertido el punto de partida de toda explicación, esto es, el principio geocéntrico por el heliocéntrico (pasando de considerar que la Tierra es el centro del Universo a que l o es el Sol), en el ámbito de l a gnoseología debemos cambiar el punto de partida: de considerar un sujeto pasivo que recibe reflejamente las condiciones del objeto, es decir, un sujeto determinado por el objeto, habría que partir de un sujeto que, inversamente, ponga él las condiciones, es decir, construya o determine activamente al objeto.   La Critica de la Razón Pura, una de sus principales obras, es la primera de las tres “Críticas kantianas” (las otras dos son la Crítica de la Razón Práctica –de 1788- y la Crítica de la Facultad de Juzgar –de 1790-) y fue publicada por primera vez en 1781; tuvo una segunda edición, corregida por el mismo Kant en 1787. Su objetivo principal es intentar responder la pregunta con que iniciamos este artículo sobre las posibilidades de la metafísica, en tanto el saber científico, habida cuenta de la existencia del sistema newtoniano, es un hecho (factum) y por tanto solo requiere que pueda j ustificarse cómo es posible. Dado que todo saber es expresado mediante juicios (es decir, enunciados) un abordaje del problema del conocimiento podría darse a partir de un a nálisis sobre los mismos. En tanto los juicios son estructuras que enlazan un sujeto y un predicado, Kant determina que existen dos posibilidades: o bien lo que enuncia el predicado no agrega ningún saber que ya estuviera contenido en el concepto del sujeto –en cuyo caso se trata de juicios analíticos-, o bien el predicado agrega información a la que el sujeto ofrece –y en tal caso se trata de juicios sintéticos-. Kant lo dice del siguiente modo:  

(…) Entre los juicios, cualquiera sea su origen o la forma lógica que adopten, hay, sin embargo, una dif erencia según su contenido, gracias al cual, o s on simplemente explicativos y con respecto al contenido nada añaden, o son amplificativos y aumentan el conocimiento dado; los primeros podrán llamarse juicios analíticos, los segundos juicios sintéticos. Los juicios analíticos no dicen en el predicado otra cosa que lo que en la noción del sujeto era ya verdaderamente pensado, aunque no tan claro y con igual conciencia. Si yo digo: todos los cuerpos son extensos, no he ampliado absolutamente nada mi concepto de cuerpo, sino que lo he resuelto, porque la extensión estaba ya realmente pensada antes del juicio en aquel concepto, aunque no declarada expresamente; el juicio es, pues analítico. Por el contrario, la frase: algunos cuerpos son pesados, contiene algo en el predicado que no estaba realmente pensado en concepto general de cuerpo; aumenta, pues, mi conocimiento, porque añade algo a mi concepto y debe llamarse, por esto, juicio sintético. (…) (Kant, 1999: 29-30)

Ahora bien, los juicios analíticos son a priori, independientes de la experiencia, pues están regidos por el principio de no contradicción; mientras que los sintéticos, en la medida en que la información que ofrece el predicado supera a la información que ya teníamos en el sujeto no podemos decir, sin más, que sean a priori, condición indispensable para el conocimiento científico. Kant plantea, de manera novedosa, que los juicios sintéticos pueden ser o bien a priori, o bien a posteriori.  Si los analíticos a priori son juicios universales y necesarios pero no brindan información nueva, y los sintéticos a posteriori brindan nueva información pero no son universales y necesarios, no es posible que ninguno de estos dos tipos de juicios sean los específicamente científicos, es decir, los que han permitido a la ciencia, consolidarse y avanzar. Por ello Kant propone un tipo de juicio sintético (que brinde información) y a priori (que sea universal y necesario):

Todos los juicios analíticos se basan completamente en el principio de contradicción, y son, por naturaleza, conocimiento a priori, sean o no empíricos los conceptos que le sirven de materia. (…) Hay juicios sintéticos a posteriori, cuyo origen es empírico; pero los hay también que son ciertamente a priori y que brotan del puro entendimiento y de la razón. Pero ambos coinciden en e sto: que de ninguna manera pueden br otar del principio del análisis, a saber, del principio de contradicción; exigen, pues, un principio completamente distinto, (…) [Kant, 1999: 30]


El objetivo de la Crítica de l a Razón Pura puede ahora reformularse con relación al juicio científico propuesto por Kant. Se trata de indagar cómo son posibles los juicios sintéticos a priori en la física y en la matemática y de si son posibles en la metafísica:

(…) podemos decir con seguridad que existen verdaderamente, ciertos puros conocimientos sintéticos a priori, a saber: la pura Matemática y la pura Ciencia Natural; pues ambas contienen proposiciones las cuales, en parte son de certeza apodíctica por la mera razón, en parte por la unanimidad de la experiencia y, sin embargo, son generalmente reconocidas como independientes de la experiencia. Tenemos, pues, por lo menos, algunos indiscutibles conocimientos sintéticos a priori y no debem os preguntar si son posibles (puesto que son reales), sino solamente cómo son posibles, para poder deducir también, del principio de la posibilidad de los conocimientos dados la posibilidad de todos los demás. [Kant, 1999: 36]

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Introducción a la filosofía, Argumentación filosófica, Lectura académica  

http://sedici.unlp.edu.ar/bitstream/handle/10915/27893/Documento_completo__.pdf?sequence=1&isAllowed=y

sábado, 14 de septiembre de 2019


THOMAS HOBBES: ANTROPOLOGÍA Y POLÍTICA EN EL LEVIATÁN
Prof. Mario Luis Descotte Prof. Adjunto de Historia de las Instituciones Políticas Argentinas

"... el problema central, en torno al cual va a girar la tarea del futuro y de cuya solución dependerá todo, no solamente el bien-estar o la miseria, sino la vida o la muerte, es el problema del poder. No el de su aumento, que se opera por sí solo; sino el de su sujeción, el de su recto uso. La incultura en su primera forma está vencida: la naturaleza inmediata obedece. Pero esa incultura penetra de nuevo dentro de la misma cultura, y su instrumento es precisamente lo que proporcionó el triunfo sobre su misma forma: el poder mismo. En esta segunda forma de incultura se han vuelto a abrir los abismos de los tiempos primitivos. La prolífica y sofocante vegetación de los bosques ha vuelto a ganar terreno. Nuevamente hace su aparición toda la angustia de los desiertos, todo el horror de las tinieblas. El hombre se encuentra de nuevo ante el caos; y es tanto más espantoso cuanto que la mayoría no lo ve en absoluto, porque dondequiera que hablan personas científicamente preparadas hay máquinas en marcha y oficinas funcionando..."  ROMANO GUARDINI, El Ocaso de la Edad Moderna 

A MODO DE INTRODUCCIÓN 

La lectura renovada del filósofo inglés Thomas Hobbes (1588-1679) nos ha llevado a reexaminar las tesis fundamentales de su pensamiento. El tricentenario de su muerte fue una fecha propicia para que se volviera sobre la reflexión de Hobbes en el marco de una Europa que comenzaba a ser traspasada por el espíritu de la modernidad. Seminario, coloquios, ediciones críticas, fueron algunos de los frutos -en 1979- de este regreso al pensador británico. Hobbes hizo de la meditación sobre el poder el centro de su meditación política. No en vano escribió en su obra cumbre, el Leviatán "hay en el hombre un deseo perpetuo e incesante de poder tras poder que sólo cesa con la muerte"1. Y por esta preocupación -y otras que mencionaremos en su momento- nos parece vigente la impronta de Hobbes en el rostro intelectual de las ideas y las instituciones de nuestro tiempo. Su concepto de poder es antecedente directo de la "voluntad de poderío" de Nietzsche. 

El fin de nuestro siglo nos pone frente al tema eterno del poder y el ejercicio del mismo. Legitimidades y consensos. Limitaciones y expansión natural del poder a lo largo de los tiempos modernos como magistralmente estudió Bertrand de Jouvenel. Derechos y deberes de los gobernantes. Derechos de las nacionalidades -el siglo XX termina con la "gloria de las naciones" como quiere Helene Carrérè d'Encausse-y los resurgimientos religiosos. En una palabra: de lo que se trata es pensar -pues la política exige el ejercicio del pensamiento2- en una vida política que ayude a la sociedad civil a alcanzar sus fines en tanto constituida por hombres libres. Y nuestra preocupación hoy sigue siendo la de Hobbes o Montesquieu: el poder. 

Hobbes aportó su respuesta a su mundo histórico: Inglaterra del siglo XVII, levantando y sosteniendo un sistema rígido, calculado, matemático, que ensambló las ideas filosóficas y naturales de su época con su propio mundo interior. 

Su punto de partida es el hombre. A partir de su imagen antropológica construyó un sistema que parece haberlo previsto todo. Del hombre a la sociedad mediante el contrato será la parábola que debemos recorrer para acercarnos al espíritu de un pensador que nació antes de tiempo y que fue -en palabras de Jean Jacques Chevallier-"un hombre de la gran especie intelectual de los que cada siglo produce dos o tres". 
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1. Hobbes, Thomas, Leviathan, cap. XI, p.199. Utilizo la excelente edición preparada por C Moya y A Escohotado, Editora Nacional, Madrid, I979. 
2. Dice Michelle Federico Sciacca: "opino que, además de los "políticos de acción, son indispensables los "políticos de pensamiento" y los verdaderos teóricos de la política que, al fin y al cabo, son los filósofos. Quien hace política no tiene tiempo para estudiar y pensar; por eso es necesario, a fin de que no haya una acción política sin un verdadero pensamiento, que otros piensen, reflexionen, se preparen a conciencia..." En Mi itinerario a Cristo, Taurus, Madrid, 1957, pp. 95-96. Un ejemplo de "político de pensamiento" fue, sin dudas, Hobbes.
I. EL MUNDO ANTROPOLÓGICO DE HOBBES

Es menester mencionar el itinerario mental del pensador inglés, ya que ciertas preocupaciones intelectuales recorren su vida y su obra. En sus Libros De Corpore (Tratado del Cuerpo), De Homine (Tratado del Hombre) y De Cive (Tratado del Ciudadano) encontramos el desarrollo de su pensamiento: de una filosofía de los cuerpos al hombre y de éste a la constitución del orden social. La quintaesencia intelectual de Hobbes se halla contenida en su obra de madurez: 

El Leviatán. 
I a) El punto de partida: su filosofía general 

Hobbes es comprensible si se hace un esfuerzo por captar las grandes líneas generales de su filosofía. 

Podemos partir -como lo hacían los maestros griegos- con la pregunta que intenta llegar al corazón del problema, sin rodeos, esto es: ¿Qué es la realidad, para Hobbes? Su respuesta es: cuerpo, materia. 

"El universo -nos dice- es un agregado de todos los cuerpos, no hay una parte real del mismo que no sea también cuerpo"3. Después nos interrogamos ¿Qué caracteriza a todo cuerpo? Pues -nos dice- el movimiento. Por lo tanto toda filosofía es una incursión intelectual sobre el movimiento que explica todo y desde el cual deviene todo: el mundo físico, la realidad psicológica y, por supuesto, la vida política. En síntesis Hobbes apoyaría toda la arquitectura de su pensamiento sobre dos pilares o principios metafísicos, a saber: a) toda la realidad es corpórea; b) el movimiento explica todo acaecer. La causa universal de todo lo real es el movimiento.
Escribe: 
"Pero las causas de las cosas universales (de aquellas, por lo menos, que tienen alguna causa) son evidentes por sí mismas, o (como se dice comúnmente) son conocidas por naturaleza, de tal manera que no necesitan método alguno, pues tienen todas una sola causa universal que es el movimiento"4.

3. Hobbes, ob. cit, cap. XXXIV, p. 459. 4. Hobbes, Th. De Corpore, E. W. I., p. 69. Citado por María L. Lukak de Stier, Naturaleza y ética en Hobbes y Tomás de Aquino. En Sapientia, 1988, vol. XLIII, p. 124.

Incluso la psiquis humana es una actividad "corporal", es decir, se reduce a movimientos. Por ello dice: 

"...los conceptos o visiones no son realmente nada más que movimiento en alguna sustancia interna de la cabeza, movimiento que no parando allí sino continuando hacia el corazón, necesariamente allí debe o bien ayudar o bien obstaculizar ese movimiento que es llamado vital; cuando ayuda se lo llama deleite, satisfacción o placer que no es realmente nada más que movimiento en torno al corazón, como conceptuar no es realmente más que movimiento dentro de la cabeza"5. 

Estamos en presencia de un hijo ¡lustre de su tiempo. El nacimiento de la ciencia moderna, las discusiones filosóficas y teológicas, las luchas civiles, y, en definitiva, la explosión del marco intelectual, impactaron en la estructura de su personalidad. Es necesario mencionar la influencia ejercida por los descubrimientos de Galileo a quien visitó en Florencia en 1636 y los realizados por su amigo William Harvey, descubridor de la circulación sanguínea. Y por último su encuentro con los Elementos de Euclides, que aportará el "geometrismo" característico del filósofo de Malmesbury. 

Debemos mencionar la ruptura -que marcan los historiadores de la filosofía- en los comienzos de la modernidad con su contemporáneo Descartes, con quien incluso polemizó. En efecto para el padre del racionalismo debe aceptarse la distinción entre espíritu y materia, el primero, es pensamiento, el segundo es extensión. Para Hobbes, en cambio, toda realidad "es" corpórea. Es más, lo incorpóreo no existe. Por lo tanto se desprende que el alma no es espiritual, no existe. Se levanta aquí una de las notas del pensamiento del inglés: el materialismo, que ya en su tiempo abonó la idea de un cierto ateísmo práctico implícito en la cosmovisión hobbessiana. 

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5. Hobbes, Th. Human Nature, E. W. IV, cap. 7, p. I. Citado por María L Lukak. de Stier, ob. cit., p 124. Para la psicología hobbesiana nos fue particularmente útil: Martínez, Jorge Edgardo, La psicología hobbesiana como introducción al Leviatán. En Boletín de Ciencias Políticas y Sociales, UNC, Mendoza, n° 27, 1981.

El materialismo de Hobbes es, además, mecanicista, esto es, -expresado muy sintéticamente- que la materia tiene una estructura rigurosamente mecánica. El mecanismo, nos dice Ferrater Mora, puede ser definido como una doctrina que mira a la realidad o una parte de ella, como si fuera una máquina o como si pudiera ser explicada a base de un "modelo de máquina". Es interesante añadir que para todo mecanicista -como lo era Hobbes- todo movimiento se realiza siguiendo una estricta ley causal, por lo cual todo mecanicista es, por definición, antifinalista. 

Advertimos, junto al materialismo que impregna su visión, otras notas que es oportuno citar. En primer término, el empirismo. El conocimiento en Hobbes se funda en la experiencia; en segundo lugar está el nominalismo, tan grato a la tradición occkhamiana de Oxford según el cual: los universales no existen ni fuera de la mente ni en ella siquiera, pues nuestras representaciones son individuales, son "nombres", "signos" de las cosas y lo que nos parece decisivo: el pensamiento es una operación "simbólica" y que además es cálculo. Y lo dice con claridad en el Leviatán. 

"...pues la razón... no es sino cálculo (esto es, adición y sustracción) de las consecuencias de nombres generales convenidos para caracterizar y significar nuestros pensamien-tos"6. 

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6. Hobbes, Th., Leviatán, cap. V, p 149. En la Primera Parte de De Corpore titulada Computatio sive Lógica: Cálculo o Lógica dice Hobbes: "Por raciocinio entiendo el cálculo. Calcular es obtener la suma de muchas cosas presentadas a un tiempo, y si se quita una de otra, saber cuál es el resto. Razonar, pues, es lo mismo que sumar y restar... De modo que todo razonar se resume en estas dos operaciones mentales, la suma y la resta" (I, 2) Citado por Prado, José Julián, Thomas Hobbes: la Razón-Cálculo. En Cuadernos de Filosofía, Universidad de Buenos Aires, Fac. de Filosofía y Letras, Instituto de Filosofía, año XX, n° 32, mayo de 1989, p. 9. Edición dedicada a Hobbes en el Cuarto Centenario de su nacimiento.


José Julián Prado al estudiar la razón-cálculo y su gravitación, incluso en la informática, nos dice:

 "Hobbes discutió en sus obras filosóficas distintas cuestiones referentes a esta idea de la razón humana considerada como cálculo. Tenía al respecto tres intereses de conocimiento. Un interés antropológico, porque pensaba que el animal humano supera a los demás animales por el poder de inventar el lenguaje y desarrollar, a partir de él, métodos de razonamiento o cálculo. 
Un interés epistemológico, porque consideraba la ciencia como el constructo de la razón y del lenguaje. Y un interés de teoría política, ya que, a su juicio, las leyes naturales y los pactos, origen de la soberanía y de la justicia, resultan de un cálculo racional"7. 

Y por último el pensamiento está estrechamente unido al lenguaje. El interés por la lingüística, típico del mundo anglosajón, cuenta en Hobbes por un digno precursor. Pero hay algo más, que la estudiosa Lukac de Stier se ha encargado de subrayar: "Como heredero de la tradición en su formación clásica, (Hobbes) utiliza en toda su obra términos que pertenecen tanto al aristotelismo como a la escolástica pero los vacía de contenido, expresando conceptos totalmente nuevos"8. 
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7. Prado, José Julián, ob. cit., p.10. 
8. Lukak de Stier, María L, ob. cit., p. 123.


Pero, además, Hobbes, metafísicamente es naturalista y esto lo llevó a buscar, como lo hemos dicho, las explicaciones causales pero desechando las causas finales, y se aplicó a indagar los fenómenos de un modo mecánico, por medio del movimiento. 

I b) Pesimismo y egoísmo universal 

¿Cómo concibió Hobbes al hombre? El arquetipo antropológico de Hobbes atraviesa las páginas de sus libros con un acusado pesimismo, que lo emparenta, notablemente, con el florentino Maquiavelo. Pero, ¿por qué es pertinente indagar el "tema" del hombre tal como lo percibió Hobbes? Valen aquí las siguientes reflexiones del profesor inglés G. D. R. Cole.

 "Desde que existe la teoría de la política, los hombres se han estado pidiendo las respuestas a estas dos preguntas diferentes ¿cómo organizar o administrar la sociedad en general, o ésta o aquella sociedad determinada? ¿Y cómo explicar que existan o puedan existir las sociedades humanas?

La primera es una cuestión práctica... La segunda cuestión es, por sí, teórica y filosófica. Ella supone una investigación en la naturaleza del hombre, por cuanto es un ser ca-paz de vivir en sociedad, y en los principios fundamentales de la obligación política... (y) resulta imposible mantener estas dos cuestiones separadas". 

Y agrega: 
"La suerte de mecanismo que el hombre quiera instalar en la sociedad dependerá de lo que él piense que dicha sociedad debe ser; y su sentir sobre lo que la sociedad debe ser depende de su sentir sobre la naturaleza del hombre como ser social. No podrá haber ciencia política universal mientras no haya una doctrina captada sobre la naturaleza social del hombre". 

Por lo tanto: 
"Toda teoría política y todo juicio práctico sobre la po-lítica tienen que fundarse en supuestos, dogmas o doctrinas sobre la naturaleza del hombre, sus instintos, sus deseos, capacidad educativa, resistencia de voluntad, paciencia, aptitud a la persuasión, don imitativo, y miles de otras características innatas o adquiridas. Esta base psicológica de la política podrá ser más o menos consciente o inconsciente, explícita o implícita, en la obra de los diferentes escritores o estadistas; pero nunca puede faltar porque es una imposibilidad absoluta el formular un solo proyecto o teoría política, sin partir de su-puestos sobre la naturaleza humana"9. 
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9. Cole, G. D. H., Doctrinas y Formas de la Organización Política, FCE, México, 1944, pp. 9-10.

La base psicológica en Hobbes es una visión pesimista que tiñe todo su pensamiento. Su pesimismo se afincaría en un modo peculiar de concebir la vida y el destino humano. Es más: nos parece que hay razones psíquicas o "existenciales" que habrían desembocado en la naturaleza "sin horizontes" que es como ve Hobbes al hombre. Mucho de verdad tendría Bernard Landry al sostener, que fue "un individualista que tuvo miedo". "El temor -nos dice el Inglés- y yo somos hermanos gemelos" o lo que es lo mismo "concibió tan grande miedo que nos parió a mí y al miedo juntamente".

El miedo habría volcado, tal vez, a Hobbes a los brazos del estatismo que veremos luego. Pero el miedo encierra -los contemporáneos del siglo XX lo sabemos muy bien- una natural "desconfianza" ante otro ser humano, al principio y recelo, crueldad y hasta odio, después. 

En mi parecer las raíces del pensar pesimista de Hobbes se nutrieron, pues, de su particular vida histórica. Bien dice Fernando Vallespín que: 

"Durante los noventa y un años de la vida de Hobbes, Inglaterra vivió uno de los períodos más cruciales de su historia moderna, cuando no el proceso decisivo hacia lo que luego constituiría la fuente de su identidad política. Nace en efecto, un par de meses antes de la derrota de la Armada española, que supuso el afianzamiento de una Inglaterra protestante e independiente... Su infancia transcurre así durante el período álgido del absolutismo progresista isabelino, que pronto dará paso, tras el establecimiento de la dinastía Tudor (1603), a una época de creciente conflictividad social y política. Entre 1640, año de la convocatoria del "Parlamento Corto" y del primer enfrentamiento frontal de esta institución con la Corona, hasta 1660, año de la restauración monárquica de Carlos II, discurre el período de guerra o guerras civiles, de las que Hobbes va a ser un testigo de excepción..."10. 

Su circunstancia histórica, al apreciar las relaciones entre la Corona, el Parlamento, la Iglesia -pero especialmente las luchas religiosas-, las disputas universitarias y en fin la guerra civil, lo empujaron a bucear en las causas de las luchas y a transformarse en un paladín de la unidad político-religiosa y en un defensor del orden. Su pesimismo abrevaría además en una fuente religiosa: el calvinismo y en la lectura atenta de una obra que tradujo en su juventud: La Historia de la Guerra del Peloponeso del gran historiador griego Tucídides. Según Francisco Rodríguez Adrados "fue el filósofo inglés Hobbes, autor de una traducción inglesa... el que primero llegó a una verdadera valoración de Tucídides cuando escribió en la Introducción que era el historiador más político que nunca escribiera..."11. 
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10, Vallespín, Fernando (Comp.), Historia de la Teoría Política, Alianza, Madrid, 1990. T 2, pp. 261-262. 
11, Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso. Introducción y traducida con notas por Francisco Rodríguez Adrados, Tomo I, Libros I y II, Librería y Casa Editorial Hernando, S.A., Madrid, 1967, p. 62.

Escribe Belisario Tello: "El pesimismo antropológico del filósofo inglés está visi-blemente inspirado en la concepción pesimista del historiador griego... Pero en Hobbes, se integra el admirador de Tucídides con el estudioso de Euclides; la política con la matemática... La filosofía política de Hobbes supone su antropología filosófica y ésta se caracteriza sobre todo por su pesimismo; pues aquél no es precisamente un optimista; antes bien considera que la naturaleza humana está radicalmente corrompida. De aquí deriva su mítico estado de naturaleza como ya lo señalara Diderot..."12. El pesimismo antropológico de Hobbes nos conduce a la segunda nota esencial del hombre: el egoísmo. La vida humana se nutre de un intrínseco egoísmo que, diría-mos con Hobbes, no cesa más que con la muerte. Esa es su "tendencia" fundamental. Según Enrique Tierno Galván la experiencia de vida de Hobbes puede reducirse a que: "el hombre es un animal esencialmente egoísta, y la fórmula primera y fundamental del egoísmo es la supervivencia. La naturaleza en su plenitud y complejidad tiende a sobrevivir. En el animal hombre, la tendencia a sobrevivir se llama egoísmo"13. 
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12. Tello, Belisario, El mito de Leviatán, Arkhé, Córdoba, I966, pp. 29-30. 
13. Tierno Galván, Enrique. En Thomas Hobbes: Del Ciudadano y Leviatán. Estudio preliminar y Antología de E. Tierno Galván, Tecnos, Madrid, I987, p. X.

Como veremos es justamente el egoísmo el que permite la posibilidad de la entrada del hombre a la sociedad y que subsiste siempre, como "una segunda naturaleza" nos animamos a decir, que obliga a crear un poder que constriña ese impulso humano: el Estado-Leviatán. El egoísmo, en tanto que resorte del obrar humano, tal vez el más oculto, nos advierte que la tendencia, aún más profunda, tal vez inconsciente diríamos los herederos de Freud, es el afán de seguridad. Dice Antonio Truyol Serra que:
"En función de la autoconservación se define lo bueno y lo malo. De ahí la búsqueda angustiosa de todo cuanto contribuya a preservar la vida, y en primer término del poder bajo todas sus formas (riquezas, prestigio, etc.) Mas, como los elementos del poder son precarios, la dinámica de la seguridad, más allá de cualquier veleidad de autolimitación, impondrá incrementarlos continuamente, por el temor ante el poder ajeno. El resultado, según los propios términos de Hobbes, es un deseo perpetuo e incesante de poder y más poder, al que sólo la muerte pone término... Certeramente se ha subrayado que "así como Newton, partiendo de las leyes de Galileo, deduce las leyes del movimiento de los astros como resultado del impulso centrífugo y de la atracción centrípeta de las masas, así también el mecanicista Hobbes deduce el Estado como el resultado del ansia de poder, de carácter centrífugo (H. Welzel)"14. 

Sería incompleto el pensamiento de Hobbes sin mencionar la negación de la libertad humana y por lo tanto el determinismo en que desemboca la construcción hobbesiana. En efecto, según el autor inglés, la libertad "significa (propiamente hablando) la falta de oposición (por oposición quiero decir impedimentos externos al movimiento)". Y agrega "un hombre libre es quien en las cosas que por su fuerza o ingenio puede hacer no se ve estorbado en realizar su voluntad15. 
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14. Truyol Serra, Antonio, Historia de la Filosofía del Derecho y del Estado, Revista de Occidente, Madrid, 1975, Tomo 2, pp. 159-160. 
15. Hobbes, Th., ob. cit., cap XXI, pp. 299-300.

Partiendo del concepto de libertad de Hobbes escribe Carlos Alberto Egües: 


"La libertad hizo su entrada así en el pensamiento mo-derno, con una nota distintiva: la absoluta afirmación del indi-viduo que reclamaba, por boca de Hobbes, la ausencia de todo impedimento que trabara su omnipotente voluntad. El concepto en juego es eminentemente negativo, se define por lo que no debe ser, privándose a la libertad de contenido concreto. Mas anuncia una actitud tipificante del hombre moderno: el rechazo de toda restricción a su autosuficiente determinación. La afirmación de Hobbes fue, al mismo tiempo una culminación y un punto de partida. Culminación de la rebelión contra el orden jerárquico de la sociedad cristiana; punto de partida de la búsqueda de un nuevo equilibrio entre individuo y sociedad. Hobbes no sacó de su aseveración todas sus consecuencias. Diríamos que, sentando las bases de la actitud del hombre moderno, no tradujo, sin embargo, una coherente visión de la realidad. Es que el autor que venimos glosando no era liberal y no lo era porque la preocupación central de su pensamiento no era la libertad, sino la seguridad, y en aras de ella sacrificaba a aquélla. El absolutismo de un hombre o de una asamblea será el reaseguro de la paz, frente a una libertad que, definida con tanta amplitud, pareciera que atemorizó hasta a su propio formulador"16. 

En este mismo problema, un autor que considera a Hobbes como "proto-liberal", nos dice: 

"La negación del libre albedrío o determinismo en las acciones humanas constituye el punto central de su antropología. Hobbes es tan determinista en psicología como en física pues el mismo principio de razón explica tanto las acciones del hombre como los hechos de la naturaleza. Pues bien, su concepción de la libertad humana atiende exclusivamente a las causas físicas olvidando que no hay decisión sin motivación. Una acción es libre para él, cuando su realización no está impedida por obstáculos exteriores; por eso la voluntad cambia con los cambios externos. 
Hobbes no niega entonces la libertad de obrar o de determinación externa sino la libertad de la voluntad o de indeterminación interna. Para él no existe la voluntad indeterminada, simplemente porque aquella no puede dejar de querer algo determinado. En suma, él no conoce otra libertad que la libertad de espontaneidad o de falta de coacción externa; por lo cual el hombre es libre cuando su acción no encuentra obstáculos exteriores; es decir, cuando su acto no se halla materialmente impedido"17. 
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16. Egües, Carlos A., Facultades del Congreso: reflexiones sobre la influencia doctrinal norteamericana. En Pérez Guilhou, Dardo y otros, Atribuciones del Congreso Argentino, Instituto Argentino de Estudios Constitucionales y Políticos, Depalma, Buenos Aires, I986, pp. 14-15. Lo subrayado es del autor. 
17. Tello, Belisario, ob. cit., p.18.

I c) El hombre ¿naturalmente insociable? 

La concepción antropológica del pensador inglés vino a consumar una radical "ruptura", frente a la "natural" sociabilidad humana, con toda una cosmovisión que arranca con los griegos y se prolonga hasta la modernidad. Es cierto que hay un hito potentísimo en la malignidad y mediocridad del hombre a los ojos de ese gran psicólogo social que fue Nicolás Maquiavelo. Sin embargo, en el mundo antiguo y medieval el hombre es visto -naturalmente- como un ser social. En cambio, en un texto altamente significativo Hobbes dice: 

"La mayor parte de los que han escrito sobre las repúblicas suponen... que el hombre es un animal político, nacido con una cierta disposición natural para vivir en sociedad. ... Pero si consideramos más de cerca las causas por las cuales los hombres se reúnen en una sociedad mutua pronto aparecerá que ésta sucede accidentalmente. Y no por una disposición necesaria de la naturaleza"18. 
 _________________________ 
18. Hobbes, Th., De Cive, I, 1. 2. Citada por Letizia, Francisco, La influencia de la filosofía de Hobbes en el Mercantilismo. En Separata de la Revista de la Fac. de Ciencias Económicas de la UNC, Mendoza, año XXV, n° 87, enero- junio 1983, p. 825.

La mayor parte de los que han escrito. ¿Quiénes? Pues desde Aristóteles el hombre fue concebido, aprehendido, como naturalmente sociable. El Estagirita expresamente escribió: 

"Por lo tanto, está claro que la ciudad es una de las cosas naturales y que el hombre es, por naturaleza, un animal cívico. Y el enemigo de la sociedad ciudadana es, por naturaleza, y no por casualidad, o bien un ser inferior o más que un hombre..." 

Y agrega el discípulo de Platón: 

"La razón de que el hombre sea un ser social, más que cualquier abeja y que cualquier otro animal gregario, es clara. La naturaleza, pues, como decimos, no hace nada en vano. Sólo el hombre, entre los animales, posee la palabra. La palabra es una vindicación del dolor y del placer... La palabra existe para manifestar lo conveniente y lo dañino, así como lo justo e injusto. Y esto es lo propio de los humanos frente a los demás animales: poseer de modo exclusivo, el sentido de lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto..." Y termina: "Y el que no puede vivir en sociedad, o no necesita nada por su propia su-ficiencia, sino como una bestia o un Dios"19.

_________________________ 
19. Aristóteles, La Política, Libro I, cap II, Edición preparada por Carlos García Gual y Aurelio Pérez García, Editora Nacional, Madrid, 1977, pp. 49-50.

Accidentalmente dice Hobbes. Dicha palabra adquiere la consistencia de una piedra basal para la construcción del edificio hobbesiano. En efecto, ese término es la llave maestra que nos abre el mundo conceptual o antropológico del autor del Leviatán. Para Aristóteles y la tradición clásica el hombre llega socialmente en potencia pero necesita de la sociedad, para actualizar su sociabilidad. Hobbes opera una ruptura total. Pues entonces, si "no hay una disposición necesaria de la naturaleza" que nos mueva a vivir en comunidad, habrá que buscar en otras necesidades que, finalmente, expliquen el hecho social. Es decir: la sociedad nacerá no por el impulso de la esencia del hombre sino por una conveniencia, un cálculo y será, ante todo, "un artificio". La política como arte diseñada por Maquiavelo entrará en los cauces de la construcción racional que le aportará Hobbes, quien fun-damentó, en definitiva, racionalmente, el absolutismo, sin raíces reli-giosas. Sin embargo, también Hobbes es un precursor de la Ilustración al dar algunos argumentos que permiten a ciertos autores encontrar, entre sus páginas, las lejanas huellas de un cierto "protoliberalismo". 

II. LA CONDICIÓN NATURAL DE LOS HOMBRES 

El célebre capítulo XIII del Leviatán "De la condición natural del género humano, en lo que concierne a su felicidad y miseria" se nos abre para introducirnos en el marcado pesimismo antropológico que subyace en todo el mundo intelectual de Hobbes y que fundamenta el paso al status Civilis y al Estado-Leviatán. Es oportuno detenerse en las advertencias formuladas por Fer-nando Vallespín: "Generalmente se suele identificar la teoría del hombre de Hobbes, su antropología, con la ficción del estado de naturaleza. Si así fuese, como bien ha observado Julien Freud, todavía estaríamos viviendo allí... El estado de naturaleza es 

... una mera ficción o situación hipotética dirigida a sacar a la luz lo que quizá no sea sino algo latente, soterrado, pero no por ello menos real; algo que en cualquier momento puede hacer acto de presencia si no nos sometemos a determinadas formas de organización social y política. Y la idea no es otra que aportar razones para generar la obediencia a una determinada configuración del poder; sirve como su mecanismo legitimador. Esto es, ofrece una perspectiva que cada uno de nosotros -desde la sociedad- podemos asumir y desde la cual se nos permite comprender por qué sería racional acordar con todos los demás la institucionalización de un soberano efectivo, asegurándose así la estabilidad y viabilidad de las instituciones existentes; siempre que éstas coincidan con el resultado de nuestro cálculo racional, desde luego"20. 

II a) Igualdad e inseguridad vital: la guerra y el miedo perpetuo 

Hobbes cree necesario partir de un hipotético estado de natu-raleza, aún cuando hace la salvedad de que "Puede pensarse que ja-más hubo tal tiempo ni tal situación de guerra; y yo creo que nunca fue generalmente así, en todo el mundo". Sin embargo lo utiliza como "me-canismo legitimador" como dice Vallespín. Pues bien, ¿qué nos pre-senta Hobbes en el estado de naturaleza? Veamos. En primer término todos los hombres son iguales por naturaleza. Dice:

 "La naturaleza ha hecho a los hombres tan iguales en sus facultades corporales y mentales que aunque pueda encontrarse a veces un hombre manifiestamente más fuerte de cuerpo, o más rápido de mente que otro, aún así, cuando todo se toma en cuenta en conjunto, la diferencia entre hombre y hombre no es lo bastante considerable como para que uno de ellos pueda reclamar para sí beneficio alguno que no pueda el otro pretender tanto como él. Porque en lo que toca a la fuerza corporal, aún el más débil tiene fuerza suficiente para matar al más fuerte, ya sea por maquinación secreta o por federación con otros que se encuentran en el mismo peligro que él"21. 
_________________________ 
20. Vallespín, Fernando, ob. cit., pp. 279 -280. 
21. Hobbes, Th., ob. cit., cap XIII, p. 222.

FILOCOMIC. TEXTOS FILOSÓFICOS EN VIÑETAS ALICIA EVA GAREA TRABA

FILOCOMIC. TEXTOS FILOSÓFICOS EN VIÑETAS ALICIA EVA GAREA TRABA
XXXII Premios Francisco Giner de los Rios a la Mejora de la Calidad educativa.

1.BREVE RESUMEN:
FILOCOMIC. Textos filosóficos en viñetas consiste en una propuesta académica y una metodología  didáctica que permite un acercamiento al área de Filosofía y la comprensión de los textos filosóficos vinculada al aprendizaje por proyectos e integrada en el proyecto Filonexos, que intenta un acercamiento a la materia de Filosofía a través de estrategias lúdico-creativas. 

Desarrollada durante los curso acádemico 2014, 2015 y 2016, tiene como objetivo la elaboración de una exposición visual basada en los textos propuestos para la materia de 2º de Bachillerato y las correspondientes pruebas de la selectividad. La estrategía tiene como objetivo fundamental potenciar  la comprensión de los textos filosóficos, obligando al alumno a elaborar su propia interpretación de los mismos, sin que para ello sea necesario un acercamiento conceptual-teórico en el sentido tradicional que ha tenido siempre el ejercicio filosófico. Al mismo tiempo, al elaborar una interpretación del texto a través de imágenes, permite que la produción realizada por el alumno sirva como elemento de aprendizaje a los alumnos espectadores de la obra

Con base en las estrategias del “Visual Thinking” se intenta una relectura de los textos en clave visual, integrando en el resultado final, tanto la visión que emana directamente del texto, como los elementos conceptuales que reflejan la visión del alumno/a y que permiten que este se relacione con el texto de forma significativa.  Nuestro alumnado es históricamente único en el  consumo de imágenes, tanto por ser nativos digitales, como por vivir en una era donde los medios de comunicación utilizan fundamentalmente la emisión de imágenes fijas y en movimiento como recursos para transmitir la información. Por lo tanto, forman  parte de su memoria gran cantidad de datos visuales y montones de conocimientos, prácticamente inconsciente en muchos casos, sobre lectura de textos visuales y narración secuenciada que debemos aprovechar para aumentar la comprensión de textos conceptualmente difíciles.

2.OBJETIVOS
Iniciar la representación en viñetas o en formato cómic sobre los textos  propuestos en la materia de Historia de la Filosofía de segundo de Bachillerato. Todos ellos representan los grandes momentos del pensamiento filosófico sobre la verdad, el conocimiento y el lugar del hombre en el Cosmos. 
El recorrido  histórico por estos textos permitirá  ver algunas de las teorías filosóficas que  históricamente han dado lugar a preguntas de investigación específicas de su época, preguntas que definieron los avances científicos, dirigieron la vida humana y la actividad política. 
Se busca la  interpretación libre de los textos propuestos  y, por tanto, en muchas ocasiones requerirán un esfuerzo por parte del espectador.

Para el alumnado:
1. Potenciar una lectura atenta del texto que permita identificar las claves que permiten su comprensión
2. Mejorar la integración del sentido al obligar a la creación, desarrollo de personajes, fondos, ambientaciones y desarrollo de una narrativa. 3. Desarrollar la capacidad simbólica a través de la iconicidad, la abstracción o las elipses... 4. Incide directamente en la capacidad de expresión oral  ya que los diálogos son expresión oral en forma escrita. 5. Refuerza la alfabetización visual  y la inteligencia visual/espacial a través del dibujo. 6. Visualiza la actividad académica: Una de las claves para el buen desarrollo de la actividad del alumnado es poder visualizar sus propios logros y conseguir que toda la comunidad educativa los perciba (profesorado, amigos, familia...). Esta visualización es, aún, más importante que las cualificaciones obtenidas en las materias porque amplía y da valor a la actividad educativa en el entorno en el que los protagonistas se mueve. También favorece la calidad de las actividades que se realizan, porque van a poder ser “vistas” por todos y eso hace que se atienda a su presentación y a su rigor.  El hecho de que la actividad académica produca un resultado material y objetivo, que pueda mostrarse a la comunidad educativa, fortaleze e impulsa la calidad porque permite su posterior consideración crítica y su mejora.

Para el profesorado:
Permite evaluar el grado de comprensión del texto más allá de su mera repetición. Cuando nuestro alumnado lee textos filosóficos de los grandes autores, cuesta saber el grado de comprensión que generan en ellos, por eso, la expresión gráfica a través de este formato es tan interesante. No sólo porque es una forma de expresión que permite usar facetas  intelectuales como las mencionadas ya (abstracción, narrativa visual, las elipses o los elementos icónicos). sino también porque el cómic permite, como ninguno otro medio de expresión plástica, la ironía y la analogía con situación reales, de forma que acercan el conocimiento más abstracto de una forma lúdica y comprensible y muestran, con eso, el grado de comprensión del texto de una forma evidente.  Cuando visualizamos cada una de las propuestas realizadas, nos damos cuenta de que el autor o autora fue capaz de plasmar el sentido del texto, hacer bromas  con él o sobre él y traerlo a nuestro presente permitiendo que lo comprendamos mejor. Y, además, cada una de estas obras es un lujo para nuestros sentidos, un producto estético que no precisa ninguna justificación a mayores.

Para la comunidad educativa:

Poner al alcance de todos y todas algunas de las teorías e ideas que más han infuído en nuestra historia de una forma lúdica y agradable proporcionando un  recorrido por algunos de los principales textos de la historia del pensamiento occidental, y proporcionando unha línea histórica que intercala pensamiento, acontecimientos históricos y actualidad. Producir una exposición que permita la difusión de la Historia de la Filosofía y el pensamiento por todos los centros de la Comunidad.

La economía aún necesita de la filosofía Por Martha Nussbaum

La economía aún necesita de la filosofía
A propósito de la visita de Martha Nussbaum a Medellín
I. Ausencia de filosofía
La economía nació de la filosofía. Adam Smith —por no hablar de antiguos contribuyentes como Aristóteles— articuló su fundamental análisis económico con argumentos filosóficos normativos que con frecuencia los economistas ignoran, interpretando así a Smith de manera errónea y torpe.[1] Los utilitaristas británicos Bentham, Mill y Sidgwick, cuyas ideas son cruciales para la economía moderna, fueron tres filósofos distinguidos y perspicaces; separar la contribución de sus complejos planteamientos filosóficos a la economía, sería distorsionar su trabajo. Por otro lado, cada día se hace más visible la pasión vívida y fuerte de John Maynard por la filosofía a lo largo de su existencia; escribió sobre temas éticos y normativos, aunque muchos de sus escritos no se publicaron en vida.
Hoy, sin embargo, vivimos en un mundo en el que la economía goza de un gran prestigio, mientras que la filosofía (generalmente de la mano de las humanidades) tiene un prestigio relativamente bajo. Las comisiones gubernamentales que tienen que ver con asuntos de bienestar social, con frecuencia solicitan la asesoría de economistas, no de filósofos. La deferencia con la cual son generalmente acogidos los economistas en el mundo político, contrasta con la indolencia, e incluso desdén, que se muestra hacia la filosofía. En muchos períodos, la política buscó la asesoría de los filósofos, aún después de que la economía pasara a un primer plano. Sin dejar de considerar la gran influencia política de figuras como Séneca y Marco Aurelio, podemos simplemente mencionar al mismo Smith, y a sus contemporáneos Rousseau y Montesquieu, así como a predecesores influyentes tales como John Locke y Roger Williams, todos ellos figuras políticas de gran importancia en su tiempo. Podemos continuar la lista con Augusto Comte y, por supuesto, con los utilitaristas británicos.
Y hoy, ya sea como consecuencia del descuido público hacia la filosofía o bien como una causa parcial, los economistas se han alejado muchísimo del estudio serio de la filosofía. Entre los economistas destacados, Amartya Sen se encuentra prácticamente solo (y quizás completamente solo) en el hecho de combinar trabajo en economía de avanzada con trabajo igualmente fundamental en filosofía. Desde hace tiempo, Sen viene haciendo campaña por un matrimonio más general entre las disciplinas, y ha demostrado al mundo, de muchas maneras, por qué son importantes las conexiones. Durante años he colaborado con él, tratando de consolidar ese trabajo colaborativo —primero en un proyecto en el World Institute for Development Economics Research (WIDER) [Instituto Mundial de Investigaciones en Economía del Desarrollo] en Helsinki, una filial de la Universidad de las Naciones Unidas, y luego, actualmente, a través de la Human Development and Capability Association (HDCA) [Asociación para el desarrollo y las capacidades humanas], una organización internacional con ochocientos miembros en ochenta países, que realiza reuniones anuales y publica una revista. Uno de los propósitos centrales de la Asociación ha sido mejorar el trabajo colaborativo entre la filosofía y la economía. Sen y yo nunca pensamos que cada individuo necesite adquirir un alto grado de conocimiento experto en ambas disciplinas. (De hecho, yo no tengo un alto nivel de conocimiento experto en economía y nunca podría trabajar en un departamento de Economía, pero me he educado para participar seriamente con economistas en debates sobre el desarrollo. De manera rutinaria enseño con un colega economista). Desde el comienzo de nuestros proyectos piloto en WIDER, esperábamos, más bien, que las conversaciones entre los mejores expertos en cada disciplina alimentaran el trabajo conjunto, y que mucha gente, a medida que pasaba el tiempo, produjese trabajo que, basado bien en una u otra disciplina, mostrara una comprensión seria y respetuosa hacia la otra disciplina.

(...)
A veces, esta confiada indolencia se instiga con el pensamiento de que la filosofía, dado que es en su totalidad no-matemática, debe ser fácil, algo que se puede aprender en pocos días. Con frecuencia se escucha hablar de esta forma a reconocidos economistas. Cada filósofo, también, puede dar muchos ejemplos de trabajos de economistas que utilizan textos filosóficos de manera displicente, sin rigor filosófico, incluso sin comprensión. No voy a mencionar nombres aquí, pero es fácil deducirlos. Que esta gente sea ampliamente admirada demuestra que en economía es aceptable mostrar desprecio por la filosofía y utilizarla de cualquier manera. Si yo tuviera que presentar una conferencia cometiendo errores fundamentales en economía y demostrando que no podría pasar un curso introductorio en esta disciplina, ninguna puerta se abriría para mí. Tal desprecio por la filosofía puede evitarse con prácticas regulares de coautoría, co-enseñanza, pero esas prácticas no son tan comunes como deberían ser.
Desde el comienzo de la colaboración, estas actitudes comunes en economía causaron dificultades. Sen y yo nos preguntábamos cuáles economistas podíamos invitar, que tomasen las ideas filosóficas con seriedad y reflejasen ese estudio serio en su trabajo. Y por supuesto, encontramos gente, incluso distinguida, como Kotaro Suzumura, John Roemer, Kaushik Basu (ahora director económico en el Banco Mundial, quien había sido presidente de HDCA), y, por supuesto, Jean Drèze. Mucho más cercanas, figuras destacadas como Tony Atkinson (quien fuera también presidente de HDCA) y Angus Deaton, mostraron respeto por este trabajo interdisciplinario. Sin embargo, las personas que Sen y yo invitábamos, en un entorno de alto perfil, personas con iniciativas destacadas e iluminadoras en su profesión, simplemente perdían el arrojo, particularmente los jóvenes. Llegaron a presentar conferencias mucho más convencionales y menos interdisciplinarias de lo que esperábamos. Después de todo, estaban haciendo su camino en una profesión muy intolerante y jerárquica, en la que las principales revistas, por lo regular, no publican trabajos que sean seriamente interdisciplinarios.
Del lado de los filósofos, las dificultades fueron de otro tipo. De manera general, los filósofos no saben mucho sobre el mundo, y en lo que conocen de él, no siempre encuentran maneras útiles de revelar ese conocimiento en sus escritos. Tienen miedo de un estigma añadido al término “aplicada” y tienden a evitar material empírico, a menos que se encuentren en un sub-campo relativamente autónomo como la bioética, la que, por ser aplicada, muchos filósofos miran con desprecio. Una vez más, este problema hizo incómoda la colaboración desde el comienzo. Pedíamos a los filósofos invitados a nuestras conferencias que hicieran inmersión en literatura sobre la economía del desarrollo y que escribieran artículos que reflejaran esa inmersión. (¡Les pagábamos bien!). Esa instrucción fue pocas veces atendida.[2] De todas maneras, el trabajo que se traía a WIDER era lo que cada uno estaba haciendo, sin mostrar gran preocupación por las problemáticas del desarrollo, era sencillamente bastante fácil para el trabajo que rutinariamente realizaban, con frecuencia excesivamente abstracto y técnico, y al parecer irrelevante para los economistas.
(...)

Pero ¿por qué es esto importante? ¿No superó ya la economía su necesidad por la filosofía? Después de todo, la filosofía acostumbraba incluir campos como la cosmología y la biología, y estos campos se desarrollaron floreciendo como ciencias independientes. Se podría sugerir que esto ya sucedió con la economía. Sus premisas son propias, no asuntos triviales discutibles en un debate filosófico, y las conclusiones sacadas de estas premisas tienen una independencia similar. Permítaseme ahora dedicar el resto de este artículo a la discusión en siete áreas en las cuales la indolencia por la filosofía perjudica el trabajo académico sobre el desarrollo humano, donde hay un rico espacio para trabajos originales. La lista es solo una muestra y refleja mis propios intereses. En este segundo momento —escribí un artículo con relación a esto en 1997, con el significativo título “Flawed Foundations” [Cimientos imperfectos], mi lista tiene un enfoque diferente y no repite las mismas cuestiones que fueron el foco del texto previo.[5] En lo que sigue, expresaré por momentos mi propia perspectiva sobre el tema. Pero, por supuesto, el hecho de que algunas personas, y yo misma, nos hayamos interesado por estos asuntos no impide que otros también lo hagan. Uno de los peores aspectos de la penuria de la filosofía en determinado campo es que ciertas posiciones pueden pasar por ortodoxas e inobjetables, cuando en realidad son altamente objetadas y objetables. Si estas cuestiones estuviesen resueltas, un solo filósofo podría de manera autoritaria representar la profesión y los economistas podrían simplemente escuchar a esa autoridad, en lugar de invertir tiempo aprendiendo a hacer filosofía. Pero estas cuestiones no están resueltas, y el debate continuo debe entenderse antes de que un especialista forme su propia opinión sobre el asunto.
La economía tiene varios lados. Mi propia experiencia es primeramente con la economía del desarrollo, que es atípica en ser franca e implacablemente normativa. La misma palabra “desarrollo” es un término normativo que significa que las cosas están mejorando.[6] Al exponer mis argumentos me enfocaré en el área que conozco mejor, pero también espero poder indicar por qué estas problemáticas que presento están también en el corazón de la economía del bienestar, y en la teoría de la elección social.

II. Por qué y dónde interesa la filosofía
Antes de adentrarme en las áreas concretas, permítanme decir algo sobre la filosofía y su historia. La historia de la filosofía es una parte viva de ella, lo que, prácticamente, no es del caso, para la economía. Hoy, un buen trabajo filosófico necesita prestar atención a las figuras del pasado (tanto en la tradición occidental como en la no-occidental) que han tratado cuestiones similares. Los departamentos de filosofía más prestigiosos llevan a cabo un estudio serio y de alto nivel académico de la historia de la filosofía como parte central de sus exigencias de preparación para los jóvenes filósofos en formación. Y aquí, una vez más, ellos no aprenden lo que los textos dicen como si fuera absolutamente claro y no hubiese lugar para la discusión. Ellos aprenden los argumentos existentes sobre lo que pensaron Kant o Hume sobre problemas cruciales, y aprenden a leer textos de manera crítica y erudita, produciendo lecturas propias. ¿Por qué prestar toda esta atención a lo que parecen ser asuntos solo para especialistas?
En parte, las razones para esta necesidad de historia tiene que ver con el contexto y la cultura. Necesitamos entender qué partes del problema filosófico están construidas por nuestra manera local de ver el mundo, y qué partes pueden ser más perdurables. También necesitamos recuperar alternativas que nos han sido ocultadas debido a corrientes culturales y religiosas. Por ejemplo, los filósofos siempre vuelven a los antiguos griegos para recuperar maneras de enmarcar un problema oscurecido por las tradiciones cristianas. 
Existe otra razón para estudiar textos históricos en relación con los métodos que usamos para formarnos en pensar bien en tanto que filósofos. Necesitamos estar en conversación con las mentes más grandes y mejores, no con las más recientes. En cada siglo solo habrá unos pocos filósofos con verdadera profundidad y grandeza. Así que nuestro propio pensamiento progresa en la medida en que nos aferramos a lo que es grande y profundo. John Rawls siempre enseñó textos históricos, y casi nunca su propio trabajo u otro trabajo contemporáneo. Sus puntos de referencia principales fueron Aristóteles, Hume, Kant y Hegel. El volumen-homenaje que le presentaron sus estudiantes fue llamado de manera bastante apropiada: Reclaiming the History of Ethics. (Recuperación de la historia de la ética), y los editores dieron cuenta, según Rawls, del progreso del pensamiento haciendo la mejor interpretación constructiva de un texto histórico.[7] Rawls impartió a sus distinguidos estudiantes la idea de que un trabajo gana en profundidad y sutileza si es desafiado continuamente por los realmente grandes pensadores; filósofos tales como Joshua Cohen, Christine Korsgaard y Amartya Sen (fuertemente influenciado por Rawls como colega), han seguido su perspectiva. El maravilloso libro de Sen The Idea of Justice[8] [La idea de justicia], muestra la gran importancia, por ejemplo de un estudio intensivo y a largo plazo de John Stuart Mill y John Rawls.
El enfoque histórico de Rawls prevalece aún hoy, pero es importante notar que no siempre fue sí. Hubo un tiempo en que los jóvenes filósofos eran motivados a leer solamente artículos de revistas recientes, pues era todo lo que necesitaban. Un filósofo destacado de una universidad importante llegó a tener un aviso en su puerta que decía: “No más historia de la filosofía”. Recuerdo una ocasión en la que, siendo profesora asistente, tenía la tarea de entrevistar candidatos para una vacante en el Departamento, junto con Rawls en la American Philosophical Association [Asociación Estadounidense de Filosofía]. Uno de ellos era un joven del mismo departamento que exhibía ese anuncio. El candidato expuso algunos argumentos en contra del utilitarismo. Cuando salió, Rawls dijo con tristeza: “¡Qué lástima que ese joven haya sido educado tan mal! Piensa que todo lo que necesita hacer es criticar la versión del utilitarismo que encuentra en las revistas, y es claro que nunca se ha acercado a la versión del asunto en Sidgwick, mucho más sutil”.
En lo que sigue, queda entonces incluida mi recomendación que los economistas deberían estudiar el pensamiento de los más importantes textos que la filosofía ha producido a través de la historia, y no limitarse a artículos publicados en revistas contemporáneas. Ahora bien, entro en áreas sustantivas en las que el estudio del desarrollo humano necesita alimentarse continuamente de la filosofía.

Primero, la justicia. Los filósofos del siglo pasado progresaron de manera radical pensando la justicia social y describiendo sus condiciones necesarias. Ese trabajo necesita convertirse en una presencia constante en cualquier trabajo en economía que tenga una dimensión normativa, tanto en bienestar social como en desarrollo. Dos importantes libros de Jhon Rawls, A Theory of Justice [Una teoría de la justicia] y Political Liberalism [Liberalismo político],[9] galvanizaron y transformaron la profesión. Previo al trabajo de Rawls, el estudio normativo de la justicia había languidecido, pues los filósofos, influenciados por un positivismo lógico convencieron a muchos de que las únicas indagaciones que tenían sentido eran investigaciones empíricas y asuntos de análisis conceptual abstracto. Para ellos, teorizar acerca de la justicia, a la manera de Aristóteles, Hume y Kant no era ni lo uno ni lo otro, por lo que concluyeron que carecían de contenido real. Rawls demostró que no tenían razón. Mostró cómo una indagación abstracta normativa acerca de la justicia podía tener suficiente fundamentación, qué tipo de justificación proveía para sus resultados y por qué debíamos tomar seriamente los resultados. También presentó, evidentemente, un reporte enérgico de los resultados que podían ser alcanzados por medio de una indagación racional sobre los principios que gobiernan la distribución de libertades, oportunidades, y recursos materiales en una sociedad bien ordenada, construida según ciertas reglas morales (imparcialidad, ante todo).

(...)

Segundo, bienestar social y no-conmesurabilidad. La mayoría de las versiones del enfoque de capacidades propuesto por Sen / Nussbaum funciona con una lista de bienes considerados plurales y no-conmensurables, articulando esta idea con la idea de bienestar o de una buena vida. Este enfoque filosófico ya está en Aristóteles, y sorprende que la mayoría de los economistas no sientan la necesidad de tomarlo en consideración. Sin embargo, fuera del pequeño grupo heterodoxo de economistas, la mayoría de los reportes económicos sobre bienestar social sigue inclinándose pesadamente, implícita o explícitamente, hacia la tradición benthamiana del utilitarismo, ignorando incluso la perspicaz crítica de John Stuart Mill que ya hacía énfasis en distinciones cualitativas y, en consecuencia, dejaba de reconocer la prominencia de los bienes plurales y no-conmensurables. El libro de Amartya Sen On Ethics and Economics [Sobre ética y economía] mostró tiempo atrás la importancia de que los modelos económicos se interesaran realmente por este enfoque. Jonathan Wolff y Avner De-Shalit hicieron un trabajo maravilloso sobre este problema en el contexto de pensar las capacidades.[16] Pero estos enfoques no han logrado integrarse en las principales corrientes económicas, lo que indica que todavía falta mucho por hacer.

(...)

Tercero, pluralismo razonable y liberalismo político. El enfoque de capacidades, como otras teorías del desarrollo, puede ser utilizado meramente de manera comparada, para dar cuenta de un espacio de comparación. Pero ya, en la mayoría de los escritos sobre el desarrollo, y en los reportes del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo —PNUD— la normatividad entra a hurtadillas en la selección de los criterios utilizados para clasificar las naciones. Versiones más teóricas del enfoque del desarrollo humano son profundamente normativas y recomiendan determinadas metas, especialmente en salud y educación, para todas las naciones. Incluso si el PIB per cápita es el único criterio para clasificar las naciones, eso también es normativo, a partir de lo cual se sugiere, o bien incrementar el PIB como lo más importante en las metas de desarrollo de una nación, o bien confiar en el efecto que este incremento produce en las otras cosas que son importantes. Entonces, la economía del desarrollo es normativa en esencia, y lo es también la del bienestar social. He ido un poco más lejos que la mayoría de los economistas del desarrollo con mi detallada teoría de las metas sociales, pero se trata de una diferencia de grado, no de clase. Para prácticamente todos los teóricos del desarrollo, se seleccionan ciertas metas en el foco de la planeación política, y estas son recomendadas para toda la gente en grandes sociedades heterogéneas tales como India o los Estados Unidos. Aun más, son recomendadas para las diversas naciones del mundo. (En realidad, pienso que es la misma cuestión, solo que mucho más amplia, porque todas las naciones modernas actualmente cuentan con religiones y con otras doctrinas del significado de la vida, como cualquier nación diversa; solo que la historia y los números son diferentes. Me enfocaré primero en el caso doméstico, y luego, para concluir, abordaré el caso mundial.[20]) Entonces por qué, y bajo qué condiciones, puede ser apropiado recomendar un conjunto de metas para esta diversidad de gente en una nación de dimensión importante. Y las consideraciones del pluralismo cultural y religioso ¿qué restricciones nos llevan a introducir, con el fin de hacer de esto una concepción del desarrollo defendible? En otras palabras, ¿qué está equivocado en la idea de Aristóteles de que basamos nuestros principios políticos en una descripción completa de la vida como florecimiento humano?
Olvidémonos de la implementación. Creo que la mayoría de nosotros estaría de acuerdo en que las concepciones de una buena vida no deberían sernos impuestas por la fuerza por otra nación soberana. Los paradigmas normativos del desarrollo que los teóricos plantean son solamente patrones para persuadir, y si alguna vez van a ser implementados, debe ser como resultado de la deliberación y elección de la gente de una nación. Por esto es que nos preguntamos en qué medida se justifica que los pensadores hagan recomendaciones para una sociedad pluralista.
¿Cuál es el problema? En resumen, es lo siguiente. En cualquier sociedad moderna, los ciudadanos tienen diferentes visiones del significado y del propósito de la vida; algunos una visión religiosa, otros una visión secular. Los principios políticos deberían reconocer y respetar dicha diversidad. Una manera de respetar la diversidad es protegiendo amplias áreas de libertad: la gente debería ser libre de vivir según sus propias ideas de lo que es bueno, excepto cuando interfieren en los derechos de los otros o en algunas otras consideraciones públicas urgentes, como en lo que tiene que ver con la paz y la seguridad. Podemos pensar en este principio como una versión más amplia de la cláusula de la Constitución de los Estados Unidos, la “Cláusula del libre ejercicio”. Esa cláusula está formulada en términos de religión, pero también podemos extenderla a las ideas no-religiosas de la vida.

(...)
Ya que supongo que la mayoría de los economistas defienden el no-establecimiento de la religión como materia de los principios constitucionales, parece extraño que ellos ignoren la manera como sus propias recomendaciones de una doctrina comprehensiva y general del bienestar social es un tipo de establecimiento (secular) que plantea los mismos problemas. Claro que siempre pueden objetar el argumento de Rawls /Larmore y defender la posición de que una doctrina comprehensiva y general es la mejor base para una política pública. (Algunos filósofos que lo han hecho —Joseph Raz, con argumentos elegantes, aunque, publicados antes que Rawls y Larmore— ni siquiera intentan refutar esa posición.) Lo que parece desafortunado es ignorar el asunto por completo y no ofrecer argumentos, cuando se trata de una de las cuestiones más urgentes en todas las sociedades modernas. No obstante, aun economistas extremadamente filosóficos escriben copiosamente sobre la promoción del bienestar social, y simplemente ignoran el asunto.[24]
Al notar esta inmensa ausencia, decidí que tendría que escribir acerca de la urgente importancia de esta idea, y sobre las razones por las cuales la teoría y las políticas del desarrollo deberían considerarlo en el proceso, como lo hice en Philosophy and Public Affairs [Filosofía y Asuntos Públicos] en el invierno de 2011, tratando de aclarar algunas confusiones sobre la manera como el mismo Rawls articuló esta perspectiva. Luego confronté este punto de vista con las versiones perfeccionistas del liberalismo desarrolladas por Isaiah Berlin y Joseph Raz, argumentando que el punto de vista de Rawls / Larmore (desarrollado a mi manera) es superior.[25]  Este artículo es para mí uno de los más importantes de mi carrera, y parece difícil interpretar mi trabajo sin él. Aun si esta contribución filosófica, publicada en una revista de filosofía, es casi totalmente ignorada por los profesionales del desarrollo, incluso por aquellos comprometidos con el enfoque del desarrollo humano.[26] También he encontrado que las discusiones, en su mayoría amigables sobre mi libro Creating Capabilities [Crear capacidades] han ignorado por completo el asunto, y me han interpretado como proponente de una doctrina comprehensiva general, a pesar de mi insistencia en el asunto del liberalismo político que aparece en el libro. Tengo que estar recordándolo una y otra vez. No me preocupa si la gente no está de acuerdo conmigo en estas opiniones, y proponen contra-argumentos defendiendo, digamos, las posiciones de Joseph Raz que yo crítico. Pero no deberían ignorar el asunto.
Cuarto, y un asunto relacionado: la filosofía nos ofrece argumentos ricos y persuasivos concernientes al relativismo y al universalismo, una cuestión de importancia central en las políticas del desarrollo, y una cuestión sobre la que los economistas son generalmente ingenuos. Mucho del trabajo que realicé con Sen en WIDER se enfocó sobre esta cuestión, recurriendo a filósofos destacados como Hilary Putnam, Seyla Benhabib, Charles Taylor y Thomas Scanlon con el fin de presentar argumentos sobre estos temas claramente para una audiencia de políticos y economistas. Argumentábamos que las culturas son de manera inherente lugares de debate y crítica, y que por esto precisamente la idea de nombrar “la cultura” necesita ser cuestionada.[27]  ¿Ha servido esto para algo? Pues bien, los argumentos siguen presentes de manera sutil dentro de la filosofía y en esas contribuciones a la literatura del desarrollo escrita por filósofos. Pero todavía queda mucho por hacer, y encuentro que necesito repetirme con más frecuencia de lo que me gustaría, en lo que tiene que ver con cómo respondo a los cargos sobre el imperialismo cultural. La visión utilitarista es inherentemente relativista, en cuanto que las preferencias que se forman bajo condiciones de fondo injustas o sub-estándar se incluyen en la función de elección social, a menos que se llegue a un compromiso explícitamente filosófico concerniente a preferencias cuidadosamente seleccionadas. Entonces el asunto no es secundario, como lo han considerado economistas serios como John Harsanyi y Amartya Sen.[28]
(...)

Quinto, libre albedrío y responsabilidad. Esta es claramente una de las cuestiones filosóficas más amplia, antigua y más contenciosa en cada tradición. Más aun, se intersecta con una amplia gama de asuntos que están en discusión y que encuentran relación tales como la naturaleza de la culpa y la justificación del castigo que anida en el corazón de las políticas públicas. Es difícil crear una teoría social, y seguramente cualquier teoría del desarrollo o del bienestar social, sin pensar en profundidad acerca de si la gente es responsable, y hasta qué punto, por sus acciones. ¿Es el mundo determinista? Si lo es, ¿niega el determinismo el libre albedrío o es compatible con él?
Hay dos ejes para el argumento: el del determinismo versus indeterminismo y el de la “compatibilidad” versus la “incompatibilidad”. Hay cuatro posibles posiciones, todas tomadas de filósofos destacados. La primera es la de la incompatibilidad determinista: el mundo es determinista y niega el libre albedrío. (Nietzsche es un ejemplo de alguien que sostiene esta perspectiva, pero es bastante común en la filosofía reciente). La segunda es la de la compatibilidad determinista: el mundo es (en cierto nivel) determinista, pero esto no niega el libre albedrío. Esta posición tiene un alto pedigrí filosófico, articulándose con los antiguos estoicos griegos, con Kant, Hume y con muchos pensadores contemporáneos. La tercera es la de la incompatibilidad indeterminista: el libre albedrío no es compatible con el determinismo, pero poco importa, puesto que el mundo, de todas maneras, no es determinista. Aristóteles pudo haber sostenido esta idea, como Epicuro y Lucrecio, y los pensadores modernos usan la mecánica cuántica para desarrollar una versión de la misma cosa. La cuarta opción, la de la compatibilidad indeterminista, presenta menos interés, pues no presenta una amenaza determinista para el libre albedrío, entonces ni siquiera necesitamos elevar la cuestión de la compatibilidad. Es fácil para quien no ha estudiado filosofía seriamente confundir las posiciones aquí: por ejemplo, confundir incompatibilidad indeterminista con compatibilidad determinista, puesto que ambas nociones defienden una noción significativa del libre albedrío. Tales confusiones necesitan evitarse en una teoría social que aspire a lograr una precisión intelectual.
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Sexto, la naturaleza de la emoción y el deseo. Este es, naturalmente, un amplio grupo de cuestiones, sobre las cuales la filosofía ha desarrollado de tiempo atrás descripciones sutiles, mientras la economía tiende a utilizar un conjunto de conceptos más estrecho y crudo (aunque recientemente la economía del comportamiento ha mejorado las cosas). Los filósofos han articulado cuidadosamente un número de categorías diferenciadas: emociones, deseos, apetitos, modos, elecciones que la economía normalmente incorpora  bajo la amplia noción de “preferencia”, a menudo sin decir mucho sobre de qué preferencias se trata o cómo se relacionan con estas otras categorías; aunque bajo la presión de Sen, han dicho por lo menos un poco más. En 1997 yo argumentaba que necesitan distinguirse diferentes conceptos de manera clara y sistemática, y que estas distinciones hacen una diferencia para las aseveraciones que hacen los economistas. Sen argumentó algo similar en su importante y famoso artículo “Rational Fools” [Los tontos racionales].[30] Pero, finalmente, ha habido poco del trabajo fundacional necesario para presentar distinciones relevantes con claridad.

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Séptimo y último, justificación. ¿Cómo se justifica una teoría ética, cómo establece su reivindicación por la validez? ¿Tiene la teoría política diferentes estándares de justificación? En el último caso, ¿cómo se relaciona la justificación con la legitimidad? Todos estos interrogantes han sido discutidos perspicazmente por años en el ámbito de la filosofía, ¡por lo menos desde Platón! Platón, Spinoza y Sidgwick defienden algún tipo de explicación fundacionalista, con credenciales epistémicas superiores, y otros, como Aristóteles y recientemente, John Rawls, quien defiende un tipo de “coherentismo”, según el cual una explicación se establece gracias a su disposición para organizar creencias, intuiciones y nociones teóricas en un todo potente y coherente. Por supuesto, hay varios tipos de fundacionalismo, que difieren según su perspectiva de lo que es fundacional, y de cómo este consigue un estatus privilegiado, y también hay diferentes tipos de coherentismo. El gran especialista Bimal Matilal (quien trabajó un corto tiempo con Sen y conmigo en WIDER, antes de su muerte prematura en 1991) muestra que un debate paralelo ha tenido lugar en el seno de la filosofía de la India.[34]
Este debate está totalmente ausente de la economía del desarrollo y de la economía del bienestar social contemporáneos y, me atrevo a sugerir, la mayoría de los economistas piensa que es una pérdida de tiempo. No es una pérdida de tiempo, porque si no se piensa al respecto, se estaría simplemente argumentando en el aire, como un equilibrista de cuerda floja sin cuerda. Uno podrá permanecer en el aire por algún tiempo, ¡pero la caída es inevitable! Por supuesto, la economía tiene algo para decir sobre estos problemas, por lo menos de manera implícita, pero es un duro desafío calcular ese algo, y compararlo con las explicaciones de los filósofos que he mencionado.
Los economistas acostumbraban a dejar espacio para tales problemas, en los tiempos de Adam Smith. Hoy, sin embargo, la economía los olvida casi por completo, y al seguir su camino como si el progreso pudiera darse sin entenderlos, los considera sin importancia. Las explicaciones sobre el bienestar social y el desarrollo que son producidas sin la participación activa y continua de la filosofía dejan mucho que desear. Embarcarse en un trabajo serio sobre estos temas fundacionales no es un picnic, porque son fundacionales, y una vez que un economista los entienda, puede resultar que mucho de lo que se ha hecho tenga que volver a hacerse. Aun más, puesto que los debates filosóficos no están resueltos, entenderlos puede llevar a un pluralismo metodológico en economía, más amplio de lo que muchos economistas considerarían deseable. Pero la alternativa parece ser construir intricados castillos en el aire. Esto es divertido y estéticamente agradable, pero no es una buena ni responsable manera de construir progreso intelectual.

Conferencia plenaria presentada en la Asociación para la Economía Social, en enero 2 de 2014

*Marta Nussbaum es Ernst Freund Distinguished Service Professor of Law and Ethics, [Profesora de servicios distinguidos en Derecho y Ética Ernst Freund], vinculada al Departamento de Filosofía y a la Escuela de Derecho. La autora señala que lo expuesto aquí se traslapa con su artículo “Philosophy and Economics in the Capabilities Approach: An Essential Dialogue,” [“Filosofía y Economía en el enfoque de las capacidades: Un diálogo esencial”], Journal of Human Development and Capabilities 16 (2015), 1-15, que se centra en asuntos internos al enfoque del desarrollo humano, algunos de los cuales están desarrollados ampliamente en el presente escrito. Este traslape fue aprobado por el editor del Journal, para quien la autora expresa sus agradecimientos.

**Traductora: Martha Pulido Correa, Profesora Universidad de Antioquia. 

[1] Sobre estas representaciones equivocadas, veáse Emma Rothschild, Economic Sentiments: Adam Smith, Condorcet, and the Enlightenment [Sentimientos económicos: Adam Smith, Condorcet y la Ilustración] (Cambridge, MA: Harvard University Press, 2001). Otras contribuciones recientes de gran valor para entender las nociones filosóficas de Smith en su relación con la economía incluyen Charles L. Griswold, Jr., Adam Smith and the Virtues of Enlightenment [Adam Smith y las virtudes de la Ilustración] (New York and Cambridge: Cambridge University Press, 1999); Samuel Fleischacker, A Third Concept of Liberty: Judgment and Freedom in Kant and Adam Smith [Un tercer concepto de libertad: Juicio y libertad en Kant y Adam Smith] (Princeton: Princeton University Press, 1999); Fleischacker, On Adam Smith’s “Wealth of Nations”: A Philosophical Companion [Sobre “La riqueza de las naciones” de Adam Smith: Compendio filosófico] (Princeton: Princeton University Press, 2009); Jerry Z. Muller, Adam Smith in His Time and Ours: Designing the Decent Society [Adam Smith en su tiempo y en el nuestro: Concebir la sociedad decente] (New York: The Free Press, 1993, Princeton: Princeton University Press, 1995).  Para una visión de conjunto, veáse Stephen Darwall, “Sympathetic Liberalism: Recent Work on Adam Smith,” [Liberalismo compasivo: Trabajo reciente sobre Adam Smith] Philosophy and Public Affairs 28 (1999), 139-64. 
[2] Una ilustre excepción, desde el comienzo, fue el destacado bioético Dan Brock: veáse su “Quality of Life Measures in Health Care and Medical Ethics,” [Medidas para la calidad de vida en cuidados de salud y ética médica] en The Quality of Life, ed. Martha C. Nussbaum y Amartya Sen (Oxford: Clarendon Press, 1993), 95-132.
[5] "Flawed Foundations: The Philosophical Critique of (a Particular Type of) Economics," [Cimientos imperfectos: la crítica filosófica de (un tipo particular de) la economía] University of Chicago Law Review 64 (fall 1997), 1197-1214.
[6] Esto también se aplica al término normativo de “Bienestar social”.
[7] Reclaiming the History of Ethics: Essays for John Rawls,[Recuperación de la historia de la ética: Ensayos para John Rawls] ed.Andrews Reath, Barbara Herman, and Christine M. Korsgaard (Cambridge:Cambridge University Press, 1997).  Entre los autores del volumen seincluyen los tres editores, así como Nancy Sherman, Joshua Cohen, ThomasPogge, Onora O’Neill, Jean Hampton, y otros.
[8] Cambridge, MA: Harvard University Press, 2009.
[9] Rawls, John. A Theory of Justice. [Una teoría de la justicia] Cambridge, MA: Harvard University Press,  1971;  Political Liberalism [Liberalismo Político] (New York: Columbia University Press, 1986).
[16] Wolff y De-Shalit, Disadvantage [Desventaja] (Oxford, New York: Oxford University Press, 2007). 
[20] Para la relación entre los dos problemas, veáse mi “Political Liberalism and Global Justice” [Liberalismo politico y justicia global], Journal of Global Ethics 2015, pp. 1-12. 
[24] Por ejemplo Matthew Adler, Well-Being and Fair Distribution: Beyond Cost-Benefit Analysis [Bienestar social y distribución justa: mas allá del análisis costo-beneficio] (New York: Oxford University Press, 2011).
[25] “Perfectionist Liberalism and Political Liberalism” [Liberalismo perfeccionista y liberalism político], Philosophy and Public Affairs 39 (2011), 3-45.
[26] Por esta razón, he insistido en incluirlo en el volumen: Capabilities, Gender, Equality: Towards Fundamental Entitlements[Capacidades, género, igualdad: hacia privilegios fundamentales], ed.Flavio Comim y Martha C. Nussbaum (Cambridge: Cambridge UniversityPress, 2014), pp. 19-56.
[27]Veáse en particular el excelente artículo de Seyla Benhabib “CulturalComplexity, Moral Interdependence, and the Global Dialogical Community”[Complejidad cultural, interdependencia moral y comunidad dialógicaglobal], en Women, Culture, and Development [Mujeres, cultura ydesarrollo], ed. Martha C. Nussbaum y Jonathan Glover (Oxford: ClarendonPress, 1995), 235-55. Doy mi versión de este argumento en mi Women and Human Development: The Capabilities Approach [Las mujeres y el desarrollo humano: El enfoque de capacidades] (Cambridge: Cambridge University Press, 2000), chapter 1. 
[28] Para el punto de vista de Harsanyi, veáse su “Morality and the Theory of Rational Behavior,” ya citado. 
[30]Veáse mi “Flawed Foundations,” y Sen “Rational Fools: A Critique of theBehavioral Foundations of Economic Theory” [Tontos racionales: Unacrítica de las fundaciones behavioristas de la teoría de la economía],  Philosophy and Public Affairs 6 (1977), 317-44, reeditado en Sen, Choice, Welfare, and Measurement  [Elección, Bienestar social y Medida] (Oxford: Blackwell, 1982).
[34] Bimal Matilal, Perception [Percepción] (Oxford: Clarendon Press, 1985).


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