viernes, 27 de noviembre de 2015

Dios, el viento y la muerte

Dios, el viento y la muerte

Decirlo todo.

Las preguntas más naíf pueden resultar las más profundas, o viceversa: las más serias y sacras quizá redunden en la aridez de este desierto inmenso.
No importa. 
Igual hay que animarse a hacerlas, a hacérselas. 
Todo viene a cuento porque hace días que me persigue una que leí en una página de Facebook. 
El lugar en cuestión se llama “Filosofía hoy”: a partir de una cita o sugerencia de un libro o un pensador, de una película, de un cuadro, la página provoca con una pregunta directa y al hueso, como si la filosofía también tuviera la capacidad de recoger respuestas rápidas, contundentes.
La última incitación que leí, que partía de un libro sobre la infancia, me colocó en un segundo en esa etapa de la vida, como si sintiera el agua fresca del aljibe de la casa de mi bisabuela: 

¿podrías ubicar en tu niñez el recuerdo o la sensación -parafraseo y extiendo la pregunta- de la primera experiencia que llamarías filosófica?
Menuda pregunta, dice uno, y todas las personas que consulté, con un gesto que ronda la imposibilidad, el pienso magnánimo, la revisión de una vida. 

Pero nada de eso: la pregunta es tan directa (o tan perfecta) que de inmediato encuentra su continente incrustado en el alma (o el cuerpo) de los interpelados.
Decir lo que es la primera experiencia filosófica ya es un asunto, y más cuando aquí, en este registro, se entreveran y confunden, ex professo, la literatura y la filosofía.
◆ ◆ ◆
Dice Gilles Deleuze que la filosofía crea conceptos (modos de pensar) y la literatura perceptos, un neologismo que habla de formas de percibir (la vida, la realidad, el estar en el mundo).
Decir la primera experiencia filosófica, entonces, puede resultar todo un asunto conceptual o de percepción, y ni hablemos de las circunstancias culturales y sociales que rodean y moldean a ese niño. Pero hay algo más allá de todo eso que al segundo, después de la sorpresa o la estupefacción por la pregunta, viene solo, se presenta con fuerza huracanada, toma al sujeto o lo ocupa, se vuelve clarividencia, inauguración de sí mismo, lo sitúa justo en ese momento que lo excedió, le dio una certeza o lo puso en el abismo. 
Y qué delirio o qué belleza que un niño de cuatro, seis o 12 años se pregunte o se inquiete sobre esos grandes temas, porque pareciera que siempre son tópicos universales (sostengo una hipótesis o una teoría: esa primera pregunta luego marcará el resto de nuestras vidas, así estemos hasta la vejez o la muerte en permanente disputa o incordio con la respuesta primigenia, porque es nuestra primera duda o aseveración vital).
◆ ◆ ◆
Entonces, ¿cuál es la tuya? 

En eso anduve varios días: en una fiesta de cumpleaños, con una libretita en la mano mientras bailaba y tiraba la pregunta al paso y compartía el vaso de caipiriña; entre amigos; entre esos talleristas que coordino y que están dispuestos a contestarlo todo porque todo lo quieren escribir; a mí mismo, claro, porque no se puede andar jugando con la entrega de los demás sin decirse primero.
Digámoslo ya: la pregunta sobre Dios (con mayúscula) ocupa un podio difícil de alcanzar. Pero no se preocupen los ateos o aquellos que sostienen que somos hijos directos de todo un sistema cultural. 
Es una pregunta de un niño de seis años más amplia y menos ortodoxa; es la pregunta sobre la distancia entre uno y las cosas, sobre aquello que no podemos explicar; es la pregunta -más allá de la semillita o la reproducción bien explicada- sobre el más allá de los hombres, el panteísmo puro o su reverso lógico de niña lúcida criada bajo una colcha católica: 
“Está bien, pero si Dios creó a los hombres, ¿quién creó a Dios?”. 

La inteligencia (y la perturbación también) de una niña de siete años.
Aunque parece que para la mayoría Dios no era el barbado sino algo más inaprehensible, la fuga, la fisura. 
Algunos dicen que Friedrich Nietzsche no festejaba la muerte de Dios, sino que la estaba llorando.
La muerte. Esa pregunta, esa realidad, esa certeza. Alguien me dijo que quería, a los seis años, ver el cadáver de su abuela sólo por curiosidad, para entender qué era eso de que alguien había muerto.
Yo besé la frente que de pronto se convirtió en goma gélida de mi bisabuela en su ataúd, a los cuatro años, y entendí que cuando uno muere, muere, no queda nada, un cuerpo frío y los recuerdos: esa anciana desatándose el moño cada noche en la cama y peinando su pelo blanco que le caía hasta la cintura. Salgo un minuto de los cuatro años: era una imagen perfecta, cerrada en sí misma; el momento, pienso ahora, en el que yo no hablaba, vaciado de lenguaje ante el amor más puro.
Y asumí la soledad o más bien comprendí que el mundo me excedía cuando, más allá del horizonte que tenía frente a mí, puro campo, ésa era mi realidad, aunque ficticia: más allá había ciudades, millones de personas, continentes, todo un mundo que jamás sería mío si yo, algún día, no movía mi cuerpo de esos puntos cardinales.
Son tantas las experiencias filosóficas de la niñez como personas podamos conocer: la niña de 12 años que conversaba cada día con un bichicome y ahora, a los 40, convive con la sensación de que él le enseñó, no sabe cómo, a no juzgar a nadie. 

Y otra niña: la que se miraba frente al espejo inducida por la pregunta de un profesor: “¿Qué ves?”. Y ella veía, más que su rostro -dice ahora-, “una duda de ojos gigantes”.
El hombre que es poeta y a los 11 años exactos, en un pueblo del interior, esperaba la llegada de sus hermanos mayores que venían de la capital; le dolían sus ausencias, esa espera interminable de los ómnibus de Cita que finalmente le devolvían a sus hermanos. 
Quería detenerme en la experiencia pura, no razonada, sin filtro de cultura, pero este poeta dice algo tan bello, ya de adulto, que me es imposible no anotarlo: 

“Junto con Dios y la fe inexplicable, la falta es la experiencia filosófica definitiva”.
Y para otros no, como la cineasta que nos cuenta algo tremendo: apretar un pollito bebé hasta matarlo, y descubrir así que en sus manos estaba la posibilidad de estrangular a otro ser vivo. Y ese niño que vio una maestra sueca en paseos de invierno y nieve:
-¿Por qué llorás, Felipe?
-Es que el viento me hace llorar.
-Sí, el viento y el frío a veces nos sacan lágrimas.
-No, que el viento me hace llorar.
◆ ◆ ◆
Muchas personas dicen que esa primera experiencia está atada al primer recuerdo. Para otras no. 
El recuerdo trajo un trauma o instaló una alegría o un refugio, pero no significó una situación reveladora, una epifanía o una certeza prematuras, una duda más grande que los cielos y los océanos de niños, esas cartografías inasibles. 

Lo cierto es, o parece serlo, que ante una pregunta tan enorme y tras la máscara del adulto, el famoso niño interno casi que no duda, al contrario de la filosofía (qué raro), de esainstancia que inauguró buena parte de su vida.
¿Podrías decir cuál es la tuya? Sí, podrías.

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Richard Buckminster Fuller

¿Qué puede hacer para el mundo?
Un hombre que había sido expulsado de la Universidad de Harvard en dos ocasiones, primero por el gasto de todo su dinero de fiesta con una compañía teatral itinerante y el segundo para "irresponsabilidad y falta de interés." Un hombre que había llevado a la empresa en sí problemas en quiebra y que pasan a detener el abuso de alcohol, debido a los remordimientos que surge de la muerte de su hija por la polio. Y que llega al punto de salto cogitate en las heladas aguas del lago Michigan.
A estas alturas el lector ya debe estar preguntándose, "Realmente debería conocer a este hombre?". Mi respuesta es sí, porque este hombre decidió hacer un experimento que consistía en encontrar la respuesta a la pregunta, en sus palabras:
"Averiguar cuánto una persona miserable y desconocido con una esposa dependiente y niño recién nacido puede hacer en beneficio de toda la humanidad."
Señoras y señores, me complace presentar Richard Buckminster Fuller.




"Puedes llamarme Bucky". | Créditos: Buckminster Fuller Institute.

El experimento realizado por Bucky duró más de 50 años fue capaz de convertirlo en uno de los pensadores e inventores del siglo XX más influyentes. ¿El resultado? 28 patentes y 28 libros (se puede decir que Bucky era realmente obsesionado con grabar sus ideas), 47 medallas de mérito, un coche, una casa y la cúpula geodésica, su más famoso artefacto, construido más de 300.000 veces.
Sinergia
Esta es una de las palabras claves para comprender el mundo en que vivía Bucky. Ella describe los efectos inesperados que surgen dentro de un sistema que no podría predecirse por el análisis individual de sus partes. De la sinergia viene la visión holística que orienta gran parte de las ideas de Buckminster Fuller.
El diseño del planeta como un sistema regenerativo que cada cuerpo para ser guiado por su supervivencia instintos también termina jugando un papel secundario que ayuda a equilibrar el planeta en su conjunto. Como, por ejemplo, una abeja para obtener el néctar para sobrevivir termina ayudando en la reproducción de las plantas a través de la polinización.
De acuerdo con Bucky, la partida del hombre de la naturaleza, la migración a los grandes centros urbanos, ha hecho la humanidad pierde la noción de cómo funciona la naturaleza a nivel mundial y se pasa a consumir recursos de irracional e insostenible debido a su incesante búsqueda por dinero en efectivo.
Sin embargo, Fuller cree que la tecnología y los recursos que la humanidad tiene son suficientes para abastecer a ella con los alimentos, la vivienda y el transporte. Sin embargo, se cree que esta revolución no debe venir a la gente de control de pensamiento a través de los discursos o la revolución violenta, como lo hicieron y lo siguen haciendo muchos jefes de Estado, pero para una revolución del diseño.
Tal revolución era proponer soluciones prácticas y sostenibles como alternativas a los problemas de la humanidad, lo que haría mucho más rápida adhesión de la población a un modo de vida sostenible. Debido a que esta solución no desmiente los efectos educativos de la conciencia de la gente, Bucky incluso propuso un juego llamado Mundo del Juego para educar a la población acerca de esta visión integral sobre el uso de los recursos.
Él entiende cómo mantener la misma presión en cualquier punto?

Los artefactos
"Hacer que el mundo trabajan para el 100% de la humanidad, a través de la cooperación espontánea sin daño ecológico y sin perjudicar a nadie."
Los inventos de Buckminster Fuller eran con llamadas le artefactos, todos los cuales se construyen en la idea de tratar de hacer más con menos y menos, con la máxima eficiencia en el uso de los recursos y la tecnología para construir soluciones que sean sostenibles.
Estos proyectos se basan en lo que Bucky llama la Ciencia del Diseño y exhaustiva anticipatoria, que se caracterizó por pensar de manera integral, anticiparse a los problemas, proponer una solución a través de prototipos y probar científicamente que todo el proceso está documentado.
Otra curiosidad acerca de los artefactos es que por lo general tenían un diseñador llamado Dymaxion (cruce de la dinámica de las palabras, máximo y tensión). La idea de esta "marca" era mostrar que este artefacto no estaba separado de los demás y que los artefactos juntos consistió en un plan más amplio para resolver los problemas de la sostenibilidad. Había muchas ideas que recibieron este diseñador: los diseños para inodoros a un atribulado método para dormir, que supuestamente hacen dos horas de sueño al día son suficientes para restaurar la energía.



viernes, 20 de noviembre de 2015

“La virtud del egoísmo”

Norberto Galasso

“La virtud del egoísmo”

 Por Norberto Galasso







Quienes andamos por los recovecos de la historia y de la economía, generalmente evitamos transitar los campos de la filosofía. Pero, en este caso, dadas las circunstancias políticas que generan honda preocupación y también audacia, vamos a asomar las narices en los fundos donde campean José Pablo Feinmann y otros intelectuales prestigiosos de la Argentina.

José Pablo Feinmann
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Sucede que leyendo un viejo recorte periodístico me entero de que un día, uno de esos días en que puede ocurrir cualquier cosa en nuestro singular país, un periodista relata que andaba al ocaso mojando sus pies en las aguas playeras –creo que de Punta del Este– cuando divisó a Mauricio Macri, recostado en la arena, leyendo un libro.


No interprete el lector que este comentario está cargado de ironía o es un alfilerazo al actual candidato a la presidencia y que implica suponer que un libro en sus manos es todo un acontecimiento. No tengo una pluma tan venenosa. Lo que llamó la atención del periodista fue el título del libro y eso me ha sorprendido a mí también.

Se trata de una obra titulada La virtud del egoísmo. Claro, uno viene de mantener relaciones fraternales con muchos amigos, de una madre que se preocupaba porque estuviese bien el resto de la familia, de un padre que se esforzaba, a pesar de sus muchos años, en convencer a los vecinos del barrio de construir una cooperativa de vivienda, uno viene de una larga militancia política –de victorias y derrotas– y de todas esas influencias, sueña con una sociedad igualitaria, solidaria y de repente se encuentra con un candidato a la presidencia que parece leer con entusiasmo un libro titulado La virtud del egoísmo.

¿Y qué quiere usted?


Uno piensa en Scalabrini Ortiz, que a su muerte no hubo sucesión porque vivió siempre en casa alquilada después de entregar noches y días a su país, uno piensa en el reclamo de Discepolín, “buscando un pecho fraterno para morir abrazao”.



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Uno piensa también en Jauretche, que vivió para que “mis paisanos tengan una vida mejor” y piensa en Evita y en el Che y no comprende cómo alguien puede exaltar el egoísmo. ¡Y ni qué hablar de Cristo, el revolucionario! ¿Comprendés? ¿Me oís, Francisco, desde tan lejos, allá en el Vaticano, desde tu balcón, que me mandaste de regalo un rosario aun conociendo mi ateísmo?
Esa noche no pude dormir y al día siguiente logré comprar La virtud del egoísmo por MercadoLibre. Y era así, nomás.
La autora, Ayn Rand, nacida en Rusia pero nacionalizada estadounidense, expone allí lo fundamental de su prédica –“filosofía del objetivismo”– basada en la teoría del superhombre.

Es autora también de El capitalismo, un ideal ignorado, pero el más importante de su obra es el que estaba leyendo Mauricio, cuyo título –glorificando al egoísmo– era suficiente para que lo hubiesen rechazado. En esa obra, esta bondadosa señora se dedica con esmero a rechazar cualquier tipo de altruismo y de generosidad en la vida del ser humano. Sostiene, por ejemplo, que “el comportamiento de los individuos en el sistema político es similar al de los agentes en el mercado, que siempre tienden a maximizar su utilidad o beneficio y a reducir los costos o riesgos”, es decir que la naturaleza humana, desde siempre y para siempre, apunta a la competencia y no a la colaboración, al individualismo más exasperado y que sólo un demente puede formular proyectos altruistas, colectivos, obras de bien común, difundir la fraternidad y otras que considera pavadas y contrarias al ser humano.
El periodista titula esa vieja nota “La filosofía inconfesable del macrismo” pues innegablemente se contrapone a la alegría, los bailes y los globos amarillos que difunde esa agrupación, reducidos entonces tan sólo a la condición de “globos” en el lenguaje popular. Hice un esfuerzo por seguir leyéndolo pero por momentos cerraba el libro y me venía al recuerdo la última vez que lo vi a Atahualpa Yupanquien el aeropuerto, ya viejito, con su guitarrita a cuestas, que se iba a Córdoba y me dijo: “Voy a difundir el canto del viento, ¿sabe?”, con toda su modestia. “Una voz bella, quién la tuviera / para cantarte, tierra querida”. Pero de repente, volví al hoy y me pregunté: ¿coincide Macri con Ayn Rand? ¿Se estaba adoctrinando bajo el sol y el rumor de las aguas para algún cargo importante en su país? ¿Cuál es realmente su opinión sobre la calidad de vida? ¿Acaso no era esa filosofía objetivista la que había prevalecido durante los gobiernos oligárquicos? ¿Acaso no estaba presente Ayn Rand cuando Macri sostuvo que los cartoneros eran ladrones y les mandaba sus muchachos de la UCEP para apalearlos, para “reeducarlos” porque “la letra con sangre entra”? ¿Acaso no se nutre en dicha autora su voto contra la estatización de las AFJP que permitió la creación posterior de la Asignación Universal por Hijo...?

Me dejé llevar por estas inquietudes y tuve una actitud extemporánea, impropia de alguien que escribe: tomé el libro y lo arrojé al medio de la calle. Y eso me reanimó, esa actitud –bárbara diría un Sarmientito– me justificó en mi posición en contra del PRO y de Cambiemos, mi repudio a los globos amarillos –en definitiva nada más que globos–. Y se me ocurrió contarles mi experiencia a los lectores de este periódico, para que se alerten de libros como ése, de propagandas nacidas de esa filosofía. Y después volví a pensar en don Ata: “¿Qué es un amigo? Un amigo es uno mismo en otro pellejo” y también en aquello de “la arena es puñadito, pero hay montañas de arena”. Y me fui caminando tranquilo, ya disipado el mal momento, ya dejando atrás esas malas enseñanzas glorificadoras del egoísmo, pues la historia argentina demuestra que las mayorías populares son inmunes a estas prédicas reaccionarias.

domingo, 15 de noviembre de 2015

La relatividad, un siglo después de su descubrimiento

CIENCIA

La relatividad, un siglo después de su descubrimiento

HUBERT KRIVINE
Domingo 15 de noviembre de 2015
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Lo que más admiro en vuestro arte (dice Albert Einstein a Chaplin) es su universalidad. No decís ni una palabra y, sin embargo, todo el mundo os entiende. Es cierto, replica Chaplin. Pero vuestra gloria es mayor aún: el mundo entero os admira, mientras que nadie os entiende.
La relatividad especial tiene ahora 110 años y la de la relatividad general, un siglo; también este diálogo atribuido a Einstein y Chaplin ha envejecido un poco: hoy la teoría de la relatividad (especial) se enseña a todos los estudiantes de ciencia, lo que llega a abarcar a algunos miles de millones de personas en el mundo.
A semejanza de la mecánica cuántica, la relatividad ha sido concebida con el objetivo de explicar algunas paradojas teóricas o experimentales a las que estaba confrontada la ciencia “clásica”. No para fabricar laser o bombas. Resulta llamativo observar que la respuesta a estas preocupaciones, que no implicaban más que a una pequeña franja de físicos, en menos de cincuenta años, iba a afectar a toda la humanidad. Miles de millones de personas se sirven –es verdad que sin ser conscientes de ello- de la teoría de la relatividad general: los utilizadores de GPS en su teléfono móvil.
La relatividad especial enseña cuatro cosas relacionadas, fáciles de exponer (pero no necesariamente de comprender), que se indican en el cuadro del final del artículo.
En cuanto a la relatividad general, es difícil de exponer y todavía más de entender. La costumbre para vulgarizar es decir que ella describe un espacio-tiempo que está deformado por la presencia de masas. ¿Es ello comprensible?/1.
Un cronista “cultural” de televisión ha osado contar sobre la A2 que “El objetivo de la relatividad general no era sólo la construcción de la bomba atómica/2”. En otras palabras, que Einstein ¡no era sólo un asesino! Nada más estúpido: en 1915 se estaba a mil leguas de la idea de una bomba semejante, pero sobre todo la teoría de la relatividad es simplemente (con la mecánica cuántica) la base de toda la física moderna. ¡Su objetivo era sólo ayudar a entender el mundo!
Esta comprensión no está ni finalizada, ni probablemente sea finalizable. Se sabe, por observaciones astronómicas, que el universo está en expansión, es decir que ha emergido hace largo tiempo (más de 13 mil millones de años) de un origen de dimensión microscópica: el Big Bang. Ello se sabe volviendo hacia atrás mediante las ecuaciones de relatividad que rigen su evolución. Pero cuando se vuelve demasiado hacia atrás se llega a un universo de tal forma contraído y caliente que es necesario, para describirlo correctamente, disponer de una teoría cuántica de la gravedad. De la que no se dispone en la actualidad.
Sigue habiendo dos enigmas: a) Los movimientos de las estrellas en los brazos de las galaxias no son explicables por las leyes de la gravedad, incluso relativistas, más que si se supone la presencia de una enorme cantidad de materia no vista. Esta materia “negra”, desconocida, representaría al menos el 80% de la materia del universo; y b) La expansión del universo iría acelerándose y ello solo se podría explicar por la existencia igualmente hipotética de una energía “negra” que representaría el 90 % de la energía total del universo. En resumen, ¡más del 90 % de la energía y la masa nos serían completamente desconocidas!
Querríamos sacar dos conclusiones de esta presentación de la relatividad.
1- La relatividad no es contradictoria con la física habitual (la de Newton, que se enseña en la escuela). Solo la hace aparecer como un caso particular, válido (e incluso completamente suficiente) con las velocidades, distancias y masas usuales. Aunque se ignora, sus aplicaciones están presentes en todos los lugares. Además, ha permitido una reflexión completamente nueva sobre el tiempo y el espacio.
2- Nunca Einstein habría podido financiar sus investigaciones con los métodos de hoy, es decir con proyectos a corto plazo, que finalicen con resultados previsibles de patentes.
Repitámoslo: no ha habido nunca progreso importante en la teoría, incluso en matemáticas, que no haya tenido gran repercusión en la sociedad. ¡Nos corresponde vigilar que esas repercusiones sean benéficas!
Cuadro
1-La velocidad de la luz es una constante absoluta de aproximadamente 300.000 km/s independiente de la velocidad del observador. Es paradójico, ya que si nos desplazamos en AVE a 300 km/h y se envía una señal luminosa hacia delante, se espera que se desplace a la velocidad de c+300 km/h en relación con el paisaje. No ocurre eso: la medida de la velocidad de la luz da siempre el mismo valor c, esté la fuente inmóvil o en movimiento. Tranquilicémonos: las velocidades débiles (pequeñas en relación con la de la luz) se agregan bien: si marchas a 5km/h en ese AVE, harás, como te sugiere tu intuición, 305 km/h en relación con el paisaje (¡aunque en teoría, habría en rigor que restar de ese resultado 5/100 de mil millonésimo km/h).
2-La famosa relación E=mc2. Expresa que toda masa posee un contenido energético, llamado energía de masa. Lo que quiere decir, por ejemplo, ¡que la desaparición de 1mg de materia crea una energía colosal de 20 millones de kilocalorías! De hecho toda producción de energía corresponde a una pérdida de materia y, recíprocamente, toda pérdida de materia corresponde a un desprendimiento de energía. Pero para energías “razonables”, las de la vida cotidiana, esa pérdida es insignificante y nunca se había medido: ¡para una kilocaloría valdría menos que un mil millonésimo de microgramo! Se podía pues creer que en las reacciones químicas, “nada se pierde, nada se crea”. Por el contrario, en las reacciones nucleares (fisión o fusión) las pérdidas de masa ya no son insignificantes y la energía liberada se convierte en colosal. Lo acredita el calor del Sol (o el de las bombas atómicas).
3-La inercia de un cuerpo no es idéntica a su masa, ella aumenta con su velocidad. Este punto es sutil. La inercia de un cuerpo caracteriza su resistencia a la puesta en movimiento. Su masa interviene en la ley de gravedad, en virtud de la cual las masas se atraen. Sucede que, a pequeñas velocidades, las dos magnitudes son idénticas. Pero cuando la velocidad de un móvil aumenta, su masa no cambia pero su inercia aumenta, de forma que cada vez es más difícil acelerarle. Como la inercia se convierte en infinita cuando la velocidad se aproxima a la velocidad de la luz, ésta resulta un límite insuperable. La velocidad de la luz solo puede ser alcanzada por cuerpos de masa nula: los fotones, que son los “granos” de luz que se propagan con ella.
3-Vivimos con la intuición de que el tiempo es universal: se desarrolla para todo el mundo de la misma forma, tanto en reposo como en movimiento. De hecho, ahí también, eso nos cierto más que cuando las velocidades en juego son pequeñas ante las de la luz. No hay tiempo absoluto: su medida depende de la velocidad del observador. Al límite, un fotón que se aleja de un reloj fijo a la velocidad de la luz no podría “ver” moverse a las agujas puesto que siempre le llega la misma señal. En cuanto a ustedes, alejándoos a velocidad más reducida, les veréis girar, pero más lentamente. Por supuesto, esa desaceleración es imperceptible a las velocidades usuales y por ello no había sido observada nunca. Ahora ha sido puesto ampliamente en evidencia, por ejemplo en los aviones que transportan relojes atómicos/3.
13/11/2015
http://alencontre.org/debats/la-relativite-un-siecle-apres-sa-decouverte.html
Notas:
1/ Ver por ejemplo sobre el Net, el artículo bastante pedagógico: “La relativité générale et la courbe de l’espace-temps”.
2/ Acreditando así para millones de telespectadores la idea de que la ciencia es responsable de arrojar la bomba sobre Hiroshima, ¡como si el descubrimiento del bacilo de la peste por Yersin fuese responsable de la guerra bacteriológica!
3/ Relojes de precisión inusitada: ¡error de menos de un segundo en 160 millones de años!


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